
El reciente anuncio del alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, sobre posibles amenazas en contra de su seguridad ha generado una fuerte oleada de reacciones en el ámbito político nacional.
La alerta no sólo expone la compleja situación de orden público en la capital, sino que también deja al descubierto las contradicciones de una oposición que, en su afán de atacar al gobierno, ha contribuido a alimentar el clima de violencia que ahora los alcanza también a ellos.
La narrativa de la oposición
Durante los últimos tres años, la oposición “inteligente» ha sostenido una narrativa que insiste en una supuesta alianza entre el gobierno nacional y grupos subversivos.
Bajo esta tesis, se ha venido tejiendo un relato que vincula el ejercicio del poder con el debilitamiento institucional y la permisividad frente a actores armados ilegales.
Sin embargo, esta narrativa, usada como herramienta de desgaste político, se enfrenta hoy a una paradoja: quienes han contribuido a crear un ambiente de desconfianza y caos, son ahora víctimas del mismo.
Las amenazas que hoy se ciernen sobre figuras como el alcalde Galán no son hechos aislados.
El atentado contra el senador Miguel Uribe, ocurrido recientemente, es una muestra de que la violencia política ha escalado a niveles preocupantes.
En vez de convertirse en una oportunidad para que todos los sectores cierren filas en defensa de la democracia y el respeto por la vida, algunos sectores opositores aprovecharon el momento para volver a culpar al gobierno, sin pruebas y sin sentido de responsabilidad institucional.
Lejos de buscar soluciones conjuntas, estos sectores parecen estar más comprometidos con el desprestigio que con el bienestar del país.
Su discurso ha sido el de la división, el del señalamiento constante, y en muchos casos, el de la desinformación. En lugar de rodear a las instituciones y trabajar en conjunto para frenar la violencia, han preferido utilizarla como munición política. Esa actitud, además de irresponsable, resulta peligrosa.
Terminan favoreciendo a las fuerzas oscuras
Lo que no parecen comprender —o se niegan a aceptar— es que alimentar ese relato termina favoreciendo precisamente a las fuerzas oscuras que dicen combatir.
La narrativa de caos, conspiración y traición institucional no sólo debilita la confianza en la democracia, sino que abre las puertas a que actores violentos encuentren el terreno propicio para actuar, amparados en la confusión y en el ruido mediático.
Al repetir sin cesar que el país está secuestrado por el crimen, terminan normalizando la violencia e, incluso, facilitando su expansión.
Paradójicamente, esta estrategia de confrontación y deslegitimación ha terminado volviéndose en su contra.
Al convertirse en amplificadores de la narrativa subversiva, la oposición “inteligente” se ha convertido en un blanco más. Hoy, quienes promovían teorías sobre pactos oscuros y alianzas clandestinas, son ahora las voces que claman por protección. Lo que sembraron como herramienta electoral, ha florecido como amenaza real.
La gravedad del momento exige una reflexión profunda.
No se trata de callar las diferencias políticas ni de anular el disenso, sino de entender que hay límites que no deben cruzarse. El respeto por las instituciones, la unidad frente a la violencia y la sensatez en el discurso público son imperativos si se quiere proteger la vida democrática del país.
Es momento de hacer una pausa en la polarización y atender con seriedad los signos de alarma.
Las amenazas contra líderes políticos, sean del color que sean, deben ser rechazadas de forma unánime. No puede haber cálculo político cuando la vida y la democracia están en juego.
Más que nunca, Colombia necesita una oposición constructiva, que fiscalice con argumentos, no con odios. Que proponga salidas, no que incite al caos. El país no soporta más mezquindades; necesita grandeza.





