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La metamorfosis del presidente Duque – Por: Cecilia López M

La metamorfosis de Ivan Duque

La imagen del presidente bonachón y buena persona cambió y es evidente que el tono de Duque es otro desde el momento en que el ex presidente Uribe fue detenido


Las últimas semanas han sido devastadoras no solo para el país sino para el presidente Duque. Hasta quienes lo apoyaban irrestrictamente reconocen que él y su gobierno se encuentran contra la pared.


A nadie le conviene esta situación y menos a los 50 millones de colombianos cuya vida está atada quiérase o no, a cómo le vaya a quien está al mando del país y a quienes lo rodean en el manejo de lo público.


Para poder entender lo que está sucediendo resulta importante analizar la realidad actual, porque de otra manera es muy difícil predecir hacia donde podrá ir la situación de Colombia.


Cuando se vuelve al principio de este gobierno y antes en las elecciones presidenciales de 2018, era evidente que la imagen del entonces candidato y después presidente electo era muy clara.


Un hombre muy joven y por ello se suponía fresco al margen de esa terrible polarización nacional; sin experiencia, pero con muy buena voluntad, con claros deseos de acertar y se tenía la esperanza de que fuera esa cara amable del uribismo que no había sido precisamente su característica.


Es más, se pensaba que, si el ex presidente Uribe lo había escogido prácticamente a dedo, era porque podría acallar muchos de los miedos que había generado sobre todo su último período.


Además, una gran mayoría votó por Duque simplemente porque le temía a Petro, por ese profundo rechazo que muchos sienten a lo que se acerque a la izquierda.


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Pero todo cambió y es evidente que el tono del presidente Duque es otro desde el momento en que el ex presidente Uribe fue detenido.


Queda en claro algo que se venía evidenciando y surge entonces ese otro personaje con dos facetas cada vez más claras: la primera, un ser alejado de la realidad que está viviendo el país, a lo que se agrega un desprecio por lo que la ciudadanía siente y espera de su primer mandatario. 


La segunda, la peor, su carácter ahora sí claramente autoritario que desprecia el mandato de respetar la división de poderes que recibió al posesionarse.


Sin sonrojarse se va en contra de la justicia que se ha vuelto para él, su gran enemigo.


En ese proceso de transformación, esa metamorfosis del presidente Duque, hay un elemento mucho más grave que ha estado siempre detrás de su forma de ejercer la presidencia pero que ahora se evidencia claramente.


Obviamente siguiendo las órdenes de Uribe, desde el principio quedó claro que el gobierno no avanzaría en consolidar la paz, pero ahora ante la protesta ciudadana quedó algo más grave en evidencia: mató el posconflicto y revivió el conflicto.


Gracias a esto hoy siguió la guerra y la violencia contra los ciudadanos jóvenes, líderes sociales, desmovilizados de las Farc, se justifica porque se revivió el enemigo así eso signifique crecer el poder del ELN, de los paras y de las bandas criminales.


El aumento de los asesinatos nada conmueve a un gobierno indiferente que lo toma como parte de esta su versión del conflicto armado actual, y también como normal lo que les suceda a los ciudadanos frente a unas órdenes a la Fuerza Pública que siguen la filosofía de la guerra.


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En síntesis, hoy tenemos no solo un presidente sino un equipo de gobierno que nada tiene que ver con la imagen del presidente bonachón y buena persona.


Ese equipo inicial tecnocrático, por lo menos en algunas carteras, hoy está personificado en un superministro de la Defensa, arrogante, prepotente, que irrespeta la justicia y que ya se siente presidente.


Por fortuna, Colombia como lo muestra su historia, está llena de gente no solo brillante, sino demócrata que no va a permitir que nuestra democracia siga en picada.


La tutela de un grupo de abogados y de víctimas de la violencia de la policía y la sentencia de la Corte, así diga lo que diga Duque, ha puesto a temblar al gobierno y le ha dado oxígeno a nuestra democracia.


Muchos votaron en contra de Petro, es cierto, porque le temían a un populismo de izquierda, pero lo que jamás pensaron lo similar que podría ser un populismo de derecha.


Hoy esa gran mayoría se arrepiente de haberse dejado llevar por los miedos y esa imagen que resultó falsa, la bonhomía del presidente.

Iván Duque, el “hazmellorar” (Por: Jorge Gómez Pinilla)

Iván Duque, el “hazmellorar”  (Por: Jorge Gómez Pinilla)

El Diccionario de la RAE define hazmerreír como la “persona que por su aspecto o conducta es objeto de diversión o burla de otros”.   Esta definición se amolda a todo aquel que con su actuación de algún modo entretiene y no hace daño a los demás. Pero cuando las alocadas decisiones que alguien toma (o que le hacen tomar) ponen en peligro la estabilidad institucional de una nación, hay que pensar en darle el calificativo que le corresponde: el de “hazmellorar”.


Solo a un hazmellorar —estando los ánimos tan encendidos por las 14 personas que en distintos puntos de Bogotá asesinó la Policía en las noches del 9 y el 10 de septiembre, y que provocaron los archiconocidos actos de vandalismo, después de que según las encuestas apenas 1 de cada 4 colombianos apoya a esa institución— se le ocurre disfrazarse de policía para ir a visitar —de noche— dos de los CAI atacados por la turba indignada. Y se hace (o le hacen) tomarse una foto en medio de ellos, poniendo en abierta provocación su mano derecha uribista sobre el corazón, símbolo gráfico del Centro Democrático y del dueño del letrero, su patrón Álvaro Uribe Vélez.


Hablando a calzón bajado, Iván Duque no es hoy el presidente de todos los colombianos sino el subpresidente de su patrón.  Todas las decisiones que hoy toma (o le ordenan tomar) se ajustan al dedillo a lo que el mismo Uribe haría. Es obvio de toda obviedad que es Uribe quien hoy gobierna desde El Ubérrimo sobre persona ajena… y de contera sobre el país entero. Duque apenas se deja ver como un alfeñique, un monigote, un mequetrefe, un abyecto segundón, un vulgar sacamicas, en resumen, una miseria humana, carente de toda dignidad.


Con esa visita nocturna la majestad presidencial quedó por el piso porque cometió la afrenta —deliberada, aleve— de tomar partido por los victimarios y pisotear post mortem a las 14 víctimas inocentes, incluido por supuesto el Javier Ordóñez torturado por agentes de esa institución hasta morir con un riñón reventado, según el informe de Medicina Legal.


Pero no solo pisotea la honra de las víctimas, sino la de los millones de colombianos que nos solidarizamos con el dolor de los deudos y por tanto no pensamos como quien se manifestó abiertamente a favor de los victimarios.  Con dicho acto ignominioso, digno de inscribirlo en la Historia Universal de la Infamia, cual si se tratara de un rufián de esquina nos puso a todos sus contradictores en el bando enemigo, nos dijo:  “No soy su presidente, soy única y exclusivamente un oficioso servidor del presidente eterno que aquí me puso. Él es mi guía, mi luz, el pastor que me apacienta con suave cayado, es mi todo”.


A este señor le importó un soberano pepino un video revelado por Ariel Ávila donde se demostró hasta la saciedad que “hubo mandos que autorizaron la utilización de armas. Ese cuento de que fue algo espontáneo se desvirtúa. Ellos dispararon contra población civil, ellos podían ver a quiénes disparaban, se ve claramente que no estaban disparando a ciegas. Todo este video desvirtúa las versiones del Gobierno y del ministro de Defensa”.


En medio de tan sombrío panorama, solo es claro que esto no va a conducir a nada bueno. Quieren armar un mierdero bien tenaz, quizás para pescar en río revuelto. Encochinarnos a todos, para que no se note lo cochinos que están quienes han asumido el mando.   La polarización que viene en camino será imparable, como si desde el solio de Bolívar estuvieran tratando —a conveniencia del patrón— de empujarnos hacia una guerra civil.


Nunca pasó por mi cabeza que llegaría el día en que estaríamos sometidos por un régimen autoritario fascista (para el caso que nos ocupa, de corte mafioso) al mejor estilo Benito Mussolini, quien supo imponerse por la bota militar mientras establecía un rígido control sobre los medios de comunicación.   Siempre pensé que esos tiempos nefastos ya habían sido superados por la humanidad, pero la historia de esta sufrida Colombia se está encargando de demostrarnos que estamos condenados a repetirlos.


Lo que nos falta por lamentar y llorar sobre la sangre derramada —pretérita y futura— es incontable, innombrable, indescifrable.


Y abominable.


Y hoy no tengo nada más que decir, la indignación me embarga.


DE REMATE.   Si raspas repetidamente un fósforo hasta que se enciende, no le puedes echar la culpa de la llama a la cabeza del fósforo.


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Columna tomada directamente de El Espectador, Bogotá, Colombia.   Septiembre 23 de 2020.    JORGE GOMEZ PINILLA, se puede seguri en Twitter: @Jorgomezpinilla


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Antes Verdad y Justicia y después perdón y reparación – Por: Juan Manuel López

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Antes Verdad y Justicia y después perdón y reparación. Tan obvia como la famosa frase atribuida a Einstein según la cual “nada más tonto que esperar que repitiendo las mismas medidas se llegue a resultados diferentes”, sería el que no se puede esperar la solución de un problema sin antes establecer el diagnóstico de sus causas.

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