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La cátedra Chimultrufia: la incoherencia política como estrategia electoral

Normalizar la contradicción como estrategia electoral es una forma de manipulación y engaño. Por eso, frente a quienes practican esta cátedra Chimultrufia, es necesario mantener la vigilancia crítica: cuando la incoherencia se vuelve un método, el riesgo para la democracia es real.

La cátedra Chimultrufia: la incoherencia política como estrategia electoral

La llamada cátedra Chimultrufia, expresión que algunos opinadores han utilizado para describir a ciertos candidatos en estas elecciones, se inspira en el célebre personaje interpretado por Florinda Meza en Los Caquitos

La Chimultrufia se volvió inolvidable por su frase: “yo como digo una cosa digo otra”, síntesis perfecta de la contradicción permanente, del vaivén discursivo y de la incoherencia sin rubor. 

Y, lamentablemente, esa forma de proceder se ha convertido en el sello de más de un aspirante contemporáneo que adapta su discurso según el viento político, el público del momento o la conveniencia del día.

Estos candidatos parecen transitar sin problema entre banderas ideológicas opuestas. 

Se autodefinen de centro, pero pueden amanecer de izquierda, anochecer de derecha y volver al centro cuando las encuestas lo ameritan. 

Defienden con pasión el proceso de paz con las FARC para luego, si la coyuntura mediática cambia, rechazarlo con igual fervor. Pueden presentarse como guardianes del medio ambiente y declararse ambientalistas un día, para al siguiente respaldar prácticas extractivas controvertidas como el fracking

La coherencia ideológica se vuelve así un accesorio intercambiable, algo que se usa y se bota según el escenario.

En el plano internacional, algunos incluso han pasado de simpatizar con gobiernos como el de Nicolás Maduro a condenarlos sin transición alguna, no por convicción sino porque el clima político lo exige. 

De ateos a cristianos fervorosos

También alternan entre ser ateos y el fervor religioso, dependiendo del auditorio; entre el apoyo a las causas feministas y de diversidad, y la estigmatización o persecución de mujeres o personas trans cuando la coyuntura política así lo premia. 

El caso del metro de Bogotá es otro ejemplo evidente

Quienes defendieron el proyecto subterráneo, incluso apelando a demandas judiciales, hoy abrazan el metro elevado como si lo hubieran concebido desde el inicio, convirtiendo esta obra en una vitrina más para su oportunismo.

Paradójicamente, en medio de tantos giros, sí conservan una coherencia férrea en algo: la defensa incondicional de las causas neoliberales y de los intereses económicos que históricamente han financiado sus campañas. 

Enemigos de las reformas del cambio

Se oponen sistemáticamente a reformas sociales, a las transiciones energéticas, a la ampliación de derechos y a la construcción de paz. Y aun así, en campaña, se presentan como los salvadores de un país al que ellos mismos han contribuido a volver desigual y violento.

La frase completa de la Chimultrufia lo resume todo 

“No nos hagamos tarugos, pues ya sabes que yo como digo una cosa digo otra… ¿tengo o no tengo razón?”. En boca de un personaje cómico es ingeniosa; en boca de un candidato, peligrosa. 

Normalizar la contradicción como estrategia electoral es una forma de manipulación y engaño. Por eso, frente a quienes practican esta cátedra Chimultrufia, es necesario mantener la vigilancia crítica: cuando la incoherencia se vuelve un método, el riesgo para la democracia es real.


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