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Cómo el temor a un enemigo inexistente abre la puerta a líderes autoritarios

Ciertos líderes con rasgos autoritarios —el “fascista de verdad”— logran presentarse como figuras inofensivas, incluso necesarias, porque prometen frenar ese peligro imaginario

La paradoja de elegir a un fascista de verdad creyendo que es de mentira, por miedo a un comunismo de mentira que se cree que es de verdad, revela una dinámica política profundamente arraigada en el miedo, la desinformación y la manipulación emocional.

Este fenómeno no surge de la nada: se alimenta de narrativas simplificadas que convierten conceptos complejos en etiquetas vacías, útiles para movilizar emociones pero no para comprender la realidad.

En muchos contextos, el término “comunismo” se utiliza como un fantasma político.

No describe un proyecto real, ni un programa concreto, sino una amenaza abstracta que activa temores históricos. Ese “comunismo de mentira” funciona como un dispositivo retórico: no necesita existir para ser eficaz.

Basta con que una parte de la población crea que está a punto de imponerse para justificar decisiones extremas.

En paralelo, ciertos líderes con rasgos autoritarios —el “fascista de verdad”— logran presentarse como figuras inofensivas, incluso necesarias, porque prometen frenar ese peligro imaginario.

Su discurso minimiza sus propias tendencias antidemocráticas y exagera las supuestas amenazas externas.

Así, la ciudadanía termina aceptando restricciones a derechos, ataques a instituciones o discursos de odio bajo la idea de que son “medidas de protección”.

El resultado es una inversión de percepciones: se normaliza lo que debería preocupar y se teme lo que no existe.

Este mecanismo ha sido documentado por analistas políticos y sociólogos en distintos países, mostrando cómo la manipulación del miedo puede distorsionar la voluntad democrática.

Comprender esta dinámica no implica apoyar ni rechazar a ningún actor político, sino reconocer cómo el miedo —cuando no se cuestiona— puede convertirse en un arma poderosa para justificar decisiones que, en condiciones de mayor claridad, quizá no se tomarían.


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