
La escena política colombiana vive un momento singular: una oposición al gobierno de Gustavo Petro que, lejos de construir un proyecto coherente, aparece ante la ciudadanía como un círculo cerrado de élites económicas y políticas que parecen moverse más por la defensa de sus intereses que por un compromiso real con el país.
Se trata —según señalan numerosos sectores críticos— de una dirigencia que intenta presentarse como cercana al pueblo a través de giras, puestas en escena folclóricas y actos callejeros que poco corresponden con su trayectoria tradicionalmente distante de las realidades sociales.
En redes y plazas públicas abundan las imágenes de precandidatos posando con frutas, comiendo tomate en la calle, bailando o simulando espontaneidad en ciudades de los llanos orientales o de la periferia colombiana vestidos de safari.
Gestos vacíos
Sin embargo, para muchos observadores estos gestos resultan vacíos, pues contrastan con una historia política marcada por la defensa de privilegios acumulados durante décadas gracias a su influencia en sectores como la salud, las pensiones, las tarifas de servicios públicos, los peajes y otras rentas del Estado.
Existen percepciones extendidas en amplios sectores sociales que consideran que parte de esta élite política ha protegido con celo esos espacios de poder y de beneficios económicos, y que hoy teme perderlos ante reformas sociales que buscan redistribuir recursos y ampliar derechos.
El temor a perder los privilegios
Este temor parece ser, para críticos y analistas, el principal aglutinante de una oposición fragmentada, sin doctrina clara y sin un proyecto alternativo articulado.
Los egos personales, las divisiones internas y la falta de un discurso programático han impedido que logren unificarse en torno a un solo candidato.
En consecuencia, el relato opositor ha intentado centrarse en la idea de “detener a Petro”, aun cuando el mandatario no es candidato y su periodo se acerca a su final.
La disputa real —afirman voces progresistas— es por el modelo social que se definirá en las próximas elecciones y por la conservación o pérdida de los privilegios tradicionales.
En esa lógica surge una propuesta que ha generado amplio debate
La idea de una gran coalición que va desde figuras de centro hasta sectores de derecha radical, reuniendo más de sesenta precandidatos que representan expresiones diversas —y en muchos casos tradicionales— de la política colombiana.
Para algunos sectores liberales y progresistas, esta convergencia contradictoria evidencia la desesperación de una élite que busca cualquier fórmula posible para impedir que las reformas sociales avancen.
Mauricio Gómez Amín, del Partido Liberal
Un caso que ha provocado fuertes reacciones es el del senador Mauricio Gómez Amín, del Partido Liberal y cercano al expresidente César Gaviria.
Su ascenso dentro del partido y su posterior aparición como precandidato opositor ha generado críticas entre quienes consideran que representa un liberalismo desdibujado, alejado de las banderas históricas de la colectividad.
La propuesta reciente de Gómez Amín de explorar una alianza con el abogado y pre candidato de la ultra derecha Abelardo de la Espriella desató controversia, pues muchos liberales interpretan esta iniciativa como una renuncia explícita —o al menos una contradicción evidente— con el legado socialdemócrata del liberalismo colombiano.
Hay que reafirmar el pensamiento liberal
Para las bases liberales que se identifican con figuras históricas como Rafael Uribe Uribe, López Pumarejo o Jorge Eliécer Gaitán, este tipo de acercamientos resultan desconcertantes.
Muchos consideran que constituyen una ofensa simbólica a una tradición ideológica comprometida con la justicia social, la modernización del Estado y la ampliación de derechos.
De ahí que distintos sectores hagan hoy un llamado a reafirmar el pensamiento liberal socialdemócrata y a exigir coherencia a los dirigentes que hablan en nombre del partido.





