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El fin de una dinastía política: los viejos poderes que se resisten a soltar a Colombia

Es el momento de que los colombianos decidan entre el pasado que los empobreció y un futuro construido con justicia y dignidad. Porque esta vez, el cambio no lo detiene nadie: esta es la última imagen de una dinastía que se apaga ante los ojos de un pueblo despierto.

Durante décadas, Colombia ha sido escenario de una misma película repetida hasta el cansancio: los mismos apellidos, las mismas familias y los mismos discursos vacíos. 

Una dinastía de cuatro generaciones de vividores de la política, que sin haber presentado jamás una propuesta real para transformar el país, se ha mantenido alimentándose de los impuestos de los colombianos. 

Hoy, esas figuras tradicionales aparecen nuevamente en escena, temerosas de perder los privilegios heredados por sangre. Y esta podría ser, simbólicamente, la última imagen que vean antes de desaparecer políticamente.

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Con todo lo que hemos vivido como nación —violencia, desigualdad, corrupción, despojo y exclusión— pocos creyeron que llegaría el día en que todo el establecimiento, con sus recursos, influencias y medios, se uniera contra un solo proyecto político que les disputara el control. Y, aun así, van perdiendo. 

Es el reflejo de un país que empieza a despertar, que distingue entre el pasado corrupto y un futuro que apuesta por la gente, la dignidad y la justicia social.

El viejo poder político colombiano, representado en esa clase dirigente del uribismo y sus herederos, pretende reciclar sus discursos. 

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Ahora intentan convencer al país de que ellos “piensan en soluciones reales”, mientras descalifican cualquier intento de participación popular. 

Dicen que las consultas o los mecanismos democráticos para que el pueblo decida su destino son “populismo”, mientras ellos hablan de “recuperar la confianza”, “llevar salud a los territorios” y “cambiar lo que no funciona”. 

Pero la verdad es que fueron precisamente sus políticas neoliberales las que convirtieron a Colombia en el país más desigual del planeta.

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Su modelo privatizador desangró el sistema de salud, entregando los recursos públicos a las EPS, que han desfalcado una y otra vez los fondos que deberían garantizar atención médica a millones. Ahora, en época electoral, pretenden presentarse como salvadores, prometiendo reparar el daño que ellos mismos causaron. 

¿Volverles a entregar el dinero público para que lo administren los mismos que lo robaron? 

La respuesta del pueblo debe ser clara: no más.

Esa vieja clase política no conoce otro interés que el propio. Han hecho del Estado un negocio familiar, utilizando los cargos públicos para financiar sus corporaciones, sus bancos, sus contratos y sus intermediaciones. 

No representan a la gente, representan a los que viven del país sin servirle. Durante demasiado tiempo se disfrazaron de “servidores públicos”, cuando en realidad eran los principales saqueadores de la nación.

Hoy, Colombia enfrenta una elección histórica en 2026. 

De un lado, quienes quieren mantener ese orden corrupto y criminal; del otro, quienes creen que el país debe pertenecer a su pueblo. 

Es el momento de que los colombianos decidan entre el pasado que los empobreció y un futuro construido con justicia y dignidad. Porque esta vez, el cambio no lo detiene nadie: esta es la última imagen de una dinastía que se apaga ante los ojos de un pueblo despierto.


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