
En el debate político colombiano se ha instalado una idea tan conveniente como engañosa: la supuesta existencia de un “centro político” fuerte, sensato y mayoritario.
Un espacio que, según ciertos dirigentes, representaría la alternativa moderada capaz de superar la polarización. Pero, en realidad, lo que suele presentarse como centro no es más que un pequeño grupo de politiqueros sin ideología consistente, sin convicciones claras, y con un marcado instinto neoliberal en materia económica.
Son ellos quienes pretenden apropiarse de esa etiqueta, usurparla, y convertirla en plataforma electoral, mientras continúan defendiendo –de manera abierta o solapada– los intereses de las derechas tradicionales.
La confusión no es difícil de explicar.
En un país donde la polarización, la violencia y la desconfianza dominan la vida pública, es natural que la mayoría de los ciudadanos prefiera no exhibir preferencias políticas de manera explícita.
Además, casi todos, dependiendo del tema y del contexto, pueden sentirse más cercanos a posiciones consideradas de izquierda o de derecha. Esa fluctuación, propia de democracias diversas y complejas, hace que muchos se auto identifiquen como “de centro”.
Sin embargo, esa autopercepción no siempre coincide con su comportamiento electoral, pues en Colombia el voto suele definirse más por emociones, clientelismo, miedos o incentivos inmediatos que por una ideología estructurada.
El problema surge cuando este supuesto “centro” se convierte en actor decisivo para la toma de decisiones nacionales.
La experiencia reciente demuestra que, cuando llega el momento crucial, este sector casi siempre termina alineándose con la derecha, bloqueando transformaciones sociales y económicas.
Y esto es particularmente evidente con las figuras políticas tradicionales que hoy buscan reposicionarse bajo la bandera del centro.
En el contexto actual de reformas sociales –la reforma a la salud, la pensional, la laboral, la educativa, la transición energética, la reforma agraria, la administración de bienes incautados a la mafia, entre otras–, ese grupo ha optado sistemáticamente por sabotear iniciativas que buscan devolver derechos arrebatados en el pasado reciente por gobiernos neoliberales de derecha.
Ese es el núcleo del engaño
Mientras estas figuras se venden como moderadas, modernas y dialogantes, sus actos legislativos y su respaldo a la estructura económica vigente muestran otra cosa.
No defienden un centro ideológico; defienden un statu quo que beneficia a las élites que históricamente han financiado y moldeado la política colombiana.
Así, las encuestas que presentan preferencias por el “centro” son utilizadas como arma publicitaria por esos mismos politiqueros, que posan de tibios, sensatos y despolarizadores.
Lo importante son las reformas
Pero en un momento en el que el país discute reformas profundas que afectan directamente la vida de millones de personas, la tibieza no es neutralidad: es complicidad.
Porque en estas discusiones no se debate una abstracción ideológica, sino la recuperación o el despojo de derechos concretos.
En consecuencia, presentarse como el camino intermedio mientras se vota en contra de reformas sociales no es un acto de moderación, sino una estrategia calculada para engañar al electorado. El país necesita debates sinceros, no máscaras políticas disfrazadas de centro.





