
Corría el año 1990. En el marco de la celebración del aniversario de Barrancabermeja, se llevó a cabo el primer Festival de Bandas Folclóricas, un evento que marcaría memoria en la ciudad. La cita fue en la cancha de fútbol conocida entonces como La Bombonera, hoy sede de la Escuela Normal Cristo Rey, convertida por esos días en una vibrante plaza musical.
Alrededor del escenario se instalaron varios kioscos destinados a la venta de comidas y bebidas. Uno de ellos fue adjudicado a las señoras Sonia María Nevado Morales y Tica Builes. Como era costumbre, cada kiosco debía llevar un nombre, pero el suyo aún no lo tenía. Ante la duda, acudieron al presidente de la junta organizadora del festival, Diro César González, en busca de una sugerencia.
Cuenta la anécdota que González, con buen oído y mejor intuición, les habló de una de las bandas invitadas, proveniente de la costa Atlántica, cuyo nombre era La Cotorra. “Dicen que es una banda muy buena, les dijo, y como lo que ustedes van a vender también es bueno, pónganle ese nombre”. Y así quedó bautizado el quiosco.

Pasado el bullicio del festival, en Sonia germinó una idea que parecía anticipar el destino festivo de las esquinas del icónico barrio El Parnaso. En el patio de su casa, también esquinera, decidió abrir un espacio para escuchar música y bailar. No fue una decisión menor; implicó sacrificar árboles frutales que durante años habían dado sombra y vida al lugar. Un pequeño “arboricidio”, necesario para dar paso a otra forma de encuentro.
El sitio, por supuesto, no podía llamarse de otra manera, La Cotorra. Desde entonces, los fines de semana comenzaron a llenarse de música, principalmente salsa, acompañada de boleros, jazz, merengues, algo de bandas folclóricas y apenas un toque de vallenato.
Fue la clientela, mayoritariamente salsera, la que terminó por definir su identidad; La Cotorra se consolidó como un auténtico rincón de salsa, de los buenos. Su fama creció con el tiempo, evocando en su estructura de kiosco el aire cálido de un rancho caribeño, con resonancias antillanas.

Solo hasta el año 2020 hizo una pausa, breve pero significativa, mientras se construía un nuevo kiosco de material, pensado para perdurar.

Hoy damos “fe pública” de que, cuando la noche desciende sobre El Parnaso, La Cotorra sigue cantando; un refugio de calma y un lugar seguro para el encuentro. Allí, entre risas, canciones e historias, los amigos se reúnen para conversar y compartir ideas, mientras los sabores entrañables, con el inconfundible patacón pisao, acompañan, como siempre, la música y la memoria.
PD. Si no hubiera nacido en Barrancabermeja, viviría con el arrepentimiento de no haber nacido ahí.
Fuente: Benito Guerra Fuentes





