
Corría el año 1963. La tercera etapa del barrio El Parnaso acababa de entregarse y, bajo el amparo de la noche, el espacio frente a la casa 89 empezó a cobrar vida propia. Allí se congregaban los muchachos, hijos de trabajadores y parientes, que buscaban, más que un sitio, un pretexto para el encuentro.

Como no tenían mobiliario, la recursividad se impuso, improvisaron una banca con retazos de madera en la esquina donde hoy se erige la Virgen del Carmen. Noche tras noche, las horas se diluían en charlas sobre todo y nada. La gente, al verlos siempre ahí, apostados en la penumbra, no tardó en etiquetarlos; los llamaban «patos», «vagos» o muchachos sin oficio.
Entre la huelga y la revolución
Pero aquel 1963 no era un año cualquiera. A mediados de año estalló una huelga en Ecopetrol, mientras que en el resto del continente el eco de la Revolución Cubana sacudía conciencias. Esas ideas permeaban el espíritu sindical y, por supuesto, el ánimo inquieto de la juventud. Así, entre el humo del tabaco y la brisa nocturna, la palabra «revolución» comenzó a filtrarse en sus conversaciones.
La huelga trajo escasez, pero también una solidaridad inquebrantable. Las familias de este, el primer barrio obrero petrolero, estrecharon lazos y compartieron lo poco que tenían. En ese caldo de cultivo, mezcla de dificultades y camaradería, una noche de julio el grupo decidió bautizarse.
Entre los contertulios habituales estaban Arturo Estupiñán Pertuz, Jorge y César Mont, Álvaro Robles, Alejandro Pineda y Roberto Acosta, mejor conocido como «El Mincho»; todos guiados por el liderazgo de Germins Herazo Morales. Fue a Germins y a «El Mincho» a quienes se les ocurrió bautizar al grupo que, sin falta, se adueñaba de la plazoleta cada noche.
—“La PRU”, dijeron.
—¿Y eso qué significa? preguntaron los demás.
La respuesta llegó con orgullo y picardía,
—La “P”, porque nos dicen patos.
—La “R”, porque somos revolucionarios.
—Y la “U” … porque, carajo, somos unidos.
De la sigla al mito
Desde ese instante, la sigla dejó de ser un simple nombre para convertirse en identidad. La plazoleta pasó a ser «La PRU», un punto geográfico cargado de pertenencia. Con el tiempo, el lugar se transformó en el escenario predilecto de las fiestas de la Virgen del Carmen, animadas por fandangos que encendían la alegría del barrio.
No hay aniversario de El Parnaso que no rinda tributo en esa esquina; la PRU se volvió referencia obligada no solo para el sector, sino para toda la ciudad.

Hoy, aquellos muchachos son hombres que transitan los 75 y80 años. Ya no descansan sobre tablas de madera, si no sobre sillas plásticas, pero la fidelidad a la costumbre los mantiene unidos en la esquina de la familia Gómez Doria. Ya no son vistos como «patos»; ahora son pensionados que evocan, entre risas, los días en que el mundo comenzaba en una banca improvisada. Y como en El Parnaso toda historia encuentra su eco, el nombre trascendió hasta bautizar una cantina que hoy mantiene vivo el rótulo.
Lo que nació como un puñado de jóvenes señalados por «hablar de más», terminó siendo una de las huellas más vivas de nuestra historia. La PRU no fue solo una sigla; fue refugio en la crisis y palabra compartida cuando escaseaba el pan. Hoy, cuando sus protagonistas peinan canas y las calles han cambiado su fisonomía, queda claro que no hay historia pequeña cuando se construye desde la amistad y la resistencia. Porque en El Parnaso, las leyendas no solo se escriben; se conversan, se viven y, por fortuna, nunca se olvidan.

Expreso mi profunda gratitud a: La familia Herazo Morales, al Sr Arturo Estupiñán Pertuz (QEPD), al combo de amigos esquina de la PRU, y a Cavipetrol.





