
La prensa tiene una responsabilidad ética básica: respetar a sus audiencias y nombrar la realidad con verdad. Cuando falla en eso, no sólo desinforma; también encubre, normaliza y protege el abuso de poder.
Hoy, ese fracaso es evidente tanto en la forma en que los medios abordan los crímenes sexuales de élites globales como en el silencio cómplice frente a figuras políticas locales incómodas.
Los archivos Epstein
El caso de los archivos Epstein dejó al desnudo una práctica vergonzosa del periodismo tradicional: llamar “mujeres” a niñas víctimas de abuso sexual.
Peor aún, inventar expresiones como “mujeres menores de edad”, un término que no existe ni legal ni éticamente.
No hay eufemismos posibles: no existe “sexo con un niño”. Existe la violación infantil y el abuso sexual infantil. Cada palabra suavizada es una forma de violencia simbólica que beneficia al agresor y revictimiza a quien ya fue destruido.
Defienden a la “gente bien”
Los medios de comunicación no pueden —ni deben— minimizar la criminalidad cuando los crímenes son cometidos por ricos, influyentes o por quienes se presentan como “gente de bien”.
El lenguaje importa porque define el marco moral desde el cual la sociedad juzga los hechos. Y ahí, la prensa ha fallado de manera sistemática.
Ese doble rasero también se observa en Colombia con el tratamiento mediático de Andrés Pastrana.
Durante más de tres años, los grandes medios —Noticias Caracol, Noticias RCN y numerosas mesas radiales— lo han paseado como si fuera una autoridad moral incuestionable.
Lo han convocado una y otra vez para atacar al presidente Gustavo Petro, para sembrar miedo, para azuzar odios y posar de “estadista ofendido”. Su palabra ha sido presentada como limpia, su pasado como impoluto.
Sin embargo, cuando su nombre comienza a circular en reportes y debates internacionales relacionados con el entorno social y político de Jeffrey Epstein —uno de los símbolos más siniestros de la podredumbre del poder contemporáneo—, ocurre algo revelador: silencio absoluto.
Nadie lo llama. Nadie pregunta. Nadie exige explicaciones.
No para condenarlo, sino al menos para interpelarlo. Eso no es prudencia periodística; es complicidad mediática.
¿Van a seguir dándole micrófonos para atacar al presidente mientras esconden debajo de la alfombra cualquier vínculo incómodo?
¿Lo seguirán vendiendo como “referente moral” sin someterlo al mismo escrutinio que aplican a otros?
Aquí no está en juego una pelea partidista. Aquí está en juego algo mucho más grave: la decencia mínima.
Decadencia total del periodismo colombiano
El periodismo colombiano vuelve a decidir mirar hacia otro lado cuando la verdad incomoda a los poderosos. Y al hacerlo, irrespeta a sus audiencias.
Basta ya. No más medios que subestiman la inteligencia del público. No más silencios selectivos. La prensa debe elegir: o sirve a la verdad o sirve al poder. Ambas cosas, al mismo tiempo, no son posibles.





