
La paradoja que encarna Sergio Fajardo en su aspiración presidencial es difícil de superar: una candidatura que presume moderación, pero que en la práctica se deshace entre vacilaciones, torpezas y gestos poco firmes.
Su más reciente desliz —el regaño público al equipo de 31 Minutos por el uso de sus personajes con fines electorales— es apenas una muestra del desconcierto que produce su proyecto político.
Fajardo insiste en vestir el traje del “centro”, aunque ya casi nadie compra ese disfraz de neutralidad que lleva puesto desde hace años.
Lo más desconcertante de su figura es su manera de esquivar las preguntas.
Hay quienes tartamudean, otros improvisan… él simplemente no responde. Se mueve entre frases tibias, argumentos a medio armar y una permanente opacidad envuelta en un tono pausado, casi pedagógico, que pretende transmitir calma, pero que termina ocultando la ausencia total de definiciones.
Ese estilo, que en algún momento se interpretó como serenidad, hoy se percibe como vacío. La moderación se convierte en indecisión, y la prudencia en parálisis.
La Donbernabilidad
A lo largo del tiempo, múltiples reportajes han señalado un capítulo oscuro en su paso por la Alcaldía de Medellín: los presuntos acuerdos con Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, para garantizar “tranquilidad” a cambio de dejar operar a la Oficina de Envigado sin mayores tropiezos.
Ese episodio terminó bautizado por la historia como la “Donbernabilidad”, porque la baja en los índices de violencia coincidió sospechosamente con un pacto silencioso que favoreció la imagen del entonces alcalde.
Y mientras ese pasado sigue sin aclararse, otro misterio persiste: de dónde proviene el dinero que alimenta sus campañas. Tres intentos presidenciales, asesores costosos, estructuras que se activan cada cuatro años… y ninguna explicación convincente. La duda no es gratuita.
Fajardo perdió credibilidad hace rato
Más allá de sus escapadas en momentos clave, de sus consultores en dólares y de sus silencios estratégicos, la verdad es que Fajardo perdió credibilidad hace rato.
Tiene esa cualidad difusa que también poseen ciertos políticos: uno los escucha, los observa… y algo no cuadra. No es tan evidente como en otros casos, pero la sensación es la misma.
De aquel “profesor de matemáticas” que algunos idealizaron, no queda sino un personaje construido para la campaña. Y quizá nunca fue más que eso: una fachada amable para una ambición que nunca se muestra de frente.
Hoy se percibe como un operador electoral sin convicciones, alguien que coloca sus fichas donde le resulte conveniente.
La falta de carácter tiene consecuencias.
Paraliza procesos, ahoga relatos y termina convirtiendo cualquier aspiración presidencial en una lucha sin impulso. Eso es lo que se avecina otra vez: una campaña destinada a quedarse estática, atrapada en la indecisión crónica de quien pretende ocupar un lugar político sin atreverse a asumirlo.
La paradoja de Fajardo no es la de un hombre moderado en tiempos de polarización, sino la de un candidato que confunde la neutralidad con la ausencia, y que ha hecho de la indefinición su única estrategia.
Una paradoja que, lejos de ser virtud, se ha convertido en su mayor derrota.
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Mientras el país discute si acabar con la intermediación financiera de las EPS o seguir viendo cómo se esfuma el dinero de la salud… mientras se debate si los fondos privados deben seguir controlando las pensiones… este personaje aparece con la “gran” propuesta de que averigüemos si tiene o no tiene huevas.




