
A comienzos de 1964 concluyó la construcción de la cuarta etapa del barrio El Parnaso, un conjunto de 203 viviendas levantadas entre 1960 y 1964. Para esta etapa se retomaron el diseño original y la tipología de las primeras casas del barrio, viviendas de un solo nivel, con sus características puertas en las esquinas.
El replanteo general de las etapas segunda, tercera y cuarta había sido realizado en noviembre de 1957 por la firma Robledo, Drews y Castro, junto con los reconocidos arquitectos Guillermo Bermúdez y Germán Samper.
La construcción de la cuarta etapa fue gestionada a través de la Corporación de Ahorro y Vivienda de Ecopetrol, CAVIPETROL, y ejecutada por el Instituto de Crédito Territorial (ICT). Para cumplir con los compromisos de entrega, la oficina seccional del ICT propuso distribuir las obras entre tres empresas constructoras: Jaime Nieto Cano, con 67 casas; ICONTAS, con 68, y DELTA, con otras 68. En total, las 203 viviendas que dieron forma a esta nueva etapa del barrio.

El diseño urbanístico contemplaba, además, un espacio abierto que se convertiría en el tercer parque del plan de vivienda que Ecopetrol proyectó para sus trabajadores. Era un terreno generoso, de aproximadamente 10.000 metros cuadrados, que pronto comenzó a llenarse de vida.
Al principio, los jóvenes lo convirtieron en una cancha improvisada de fútbol. Allí se disputaban partidos para los que no hacían falta graderías ni árbitros profesionales: bastaban un balón, dos equipos y las ganas de jugar. Y, por supuesto, nunca faltaba quien discutiera un gol como si estuviera en juego la final de un campeonato.
Con el tiempo, la familia Turizo Turizo sembró árboles y matas de guadua y dispuso unas bancas rudimentarias en forma de pentágono. Así nació, bajo la sombra de la vegetación, un pequeño punto de encuentro para conversar y ponerse al día con las noticias del barrio, esas que a veces llegaban a las bancas antes que a las casas.

Pero fueron otros vecinos, de plumas y cresta, quienes terminaron dándole identidad al lugar.
Por aquellos días, don Alberto Araujo Mestre, trabajador de Ecopetrol, sabanero de pura cepa y apasionado criador de gallos, acostumbraba llevar sus animales al parque durante el día y recogerlos al anochecer. Allí los entrenaba con disciplina para las peleas que se celebraban los fines de semana en las galleras de otros barrios. Sus gallos debían llegar bien preparados; ¡en la gallera también había que defender el prestigio!

Con el paso del tiempo, su canto se volvió parte del paisaje sonoro de El Parnaso. A las cuatro de la mañana, los gallos de la familia Araujo Martínez, ofrecían su concierto sin cobrar entrada y sin preguntar si los vecinos querían seguir durmiendo. Su puntual «quiquiriquí» anunciaba el comienzo de la jornada laboral y hacía que cualquier despertador pareciera un invento innecesario.
Los días de pelea tenían su propio ritual. Los muchachos aguardaban expectantes el regreso de don Alberto en taxi. Antes de que él pronunciara una palabra, todas las miradas se dirigían al gallo para conocer el resultado de la contienda.
Si el animal regresaba vivo, había motivo de alegría; significaba victoria y, seguramente, dinero en el bolsillo. Pero si regresaba muerto, la suerte había sido otra y solo quedaba esperar el consuelo colectivo de un buen sancocho.
Eso sí, había que armarse de paciencia, porque aquellos gallos, duros en la pelea, también resultaban duros de ablandar. La olla exigía su tiempo y el fogón, buena leña. ¡Una cosa era tumbar al contrincante en el redondel y otra muy distinta lograr que la carne se rindiera en la sopa!
Así, entre partidos de fútbol, conversaciones a la sombra y cantos de madrugada, aquel espacio que aún no tenía nombre fue bautizado por la memoria popular. Sin decreto, acto oficial ni placa conmemorativa, vecinos y visitantes comenzaron a llamarlo, con naturalidad y cariño, Parque Los Gallos.
Su nombre quedó como testimonio de una época y de las costumbres de quienes hicieron de aquel lugar un punto de encuentro. Y todavía hoy, al nombrarlo, parece escucharse el eco de aquellos cantos que despertaban al barrio. Algunos vecinos, quizás, aún recuerdan que en El Parnaso el día comenzaba cuando los gallos de don Alberto decidían anunciarlo.
Agradecimientos a:
CAVIPETROL Corporación de Ahorro y Vivienda de los Trabajadores de la Empresa Colombiana de Petróleos (Ecopetrol).
Familias Araujo Martínez.y TurizoTurizo
Comunicadora social. Angelica María Suarez Serrano.
Lic. Carlos Julio Cruz Herrera (Calilla).





