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La experiencia de Brasil deja una lección que el progresismo debería analizar con seriedad

Atacar a quienes han sido símbolos de integridad y compromiso democrático no corrige ninguna de esas dificultades. Por el contrario, fragmenta al progresismo y lo aleja de las tareas estratégicas que realmente deberían concentrar sus esfuerzos.

Algunos dirigentes, analistas e influenciadores con gran alcance suelen compartir contenidos de medios hegemónicos de derecha con la intención de refutarlos o demostrar que mienten.

Sin embargo, al hacerlo terminan fortaleciendo precisamente aquello que pretenden combatir.

Cada reproducción, interacción o compartido aumenta el alcance de esas publicaciones, mejora su posicionamiento en los algoritmos y expone a miles de seguidores progresistas a narrativas diseñadas para desacreditar proyectos populares y fortalecer a la ultraderecha.

La situación no es nueva.

Durante años vimos a figuras reconocidas del campo progresista promover entrevistas y apariciones en medios tradicionales bajo la idea de disputar allí la opinión pública.

Esas intervenciones terminaron convertidas en munición para los sectores conservadores, que extraían frases fuera de contexto y las utilizaban para atacar al gobierno y a las fuerzas progresistas.

Mientras tanto, miles de comunicadores alternativos que defendían las mismas causas desde espacios independientes apenas recibían atención o respaldo de quienes concentraban la visibilidad.

Hoy el fenómeno adopta otra forma.

Algunos han decidido responsabilizar a Iván Cepeda por no haber llegado a la Presidencia, instalando la narrativa de que no quiso ganar o que no debió ser candidato.

Esa discusión resulta estéril porque desvía la atención de los verdaderos obstáculos que enfrenta el progresismo. El problema no radica en Cepeda, referente de dignidad, coherencia y lucha social, sino en un escenario político marcado por profundas asimetrías.

¿Cuáles son los verdaderos problemas?

La verdadera dificultad radica en la falta de garantías electorales en el contexto actual: la intervención de potencias extranjeras, los medios de comunicación volcados al proselitismo antiprogresista, las redes sociales manipuladas por algoritmos, las dudas sobre el software electoral y una Registraduría y un CNE francamente hostiles hacia el progresismo.

Allí está el desafío de fondo.

Atacar a quienes han sido símbolos de integridad y compromiso democrático no corrige ninguna de esas dificultades.

Por el contrario, fragmenta al progresismo y lo aleja de las tareas estratégicas que realmente deberían concentrar sus esfuerzos.