
La clase política tradicional, la misma que históricamente le ha negado derechos y beneficios a la mayoría de la población y que se opone de manera sistemática a los logros que el progresismo ha conseguido para la gente, se fue lanza en ristre contra Matador, uno de los mejores —por no decir el mejor— caricaturistas del país.
El motivo fue una caricatura desafortunada en la que se realzaba la figura corporal de Paloma Valencia, a quien —desde una apreciación personal— muchos consideran una mujer hermosa.
Es cierto que a Matador se le fueron las luces.
Utilizar el cuerpo de una persona como recurso de burla es un error, y más cuando se trata de una mujer. Ese tipo de representaciones no deberían tener cabida en un discurso que se reconoce progresista.
Sin embargo, lo verdaderamente llamativo del episodio no fue la caricatura en sí, sino la reacción desproporcionada y cargada de oportunismo político por parte de la oposición, una reacción que terminó siendo, en muchos sentidos, peor que la falta cometida por el caricaturista.
¿Quiénes fueron los más indignados?
De inmediato, personajes y sectores políticos que se oponen a que la gente pobre tenga derechos reales, a que existan beneficios que permitan vivir dignamente, acceder a una pensión o recibir un salario decente para poder comer sin angustia, salieron indignados a atacar.
Pero no atacaron con la misma vehemencia la ofensa concreta, sino las ideas que Matador defiende como candidato al Congreso y como figura cercana al progresismo.
Como dirían en mi tierra, Matador dio papaya.
Paloma Valencia representa a esa clase política glotona —y no por su apariencia física, que quede absolutamente claro— sino por su papel histórico y político.
Ella y sus aliados del Centro Democrático encarnan con claridad la parábola bíblica del rico Epulón y el pobre Lázaro: de un lado, una élite política y económica que acumula privilegios; del otro, un pueblo al que se le niegan las reformas sociales que el país necesita con urgencia.
Matador cometió un error, y errar es de humanos.
Lo mínimo exigible es una disculpa pública y un compromiso de no repetir ese tipo de fallas. Pero lo que indigna de la reacción agresiva contra él es la evidente hipocresía.
Quienes hoy se rasgan las vestiduras por la ofensa a Paloma son los mismos partidos tradicionales que le han negado derechos a las mujeres, que se oponen a la reforma pensional y laboral, que combaten el aumento del salario mínimo, que concentran la tierra y que engordan sus arcas con el erario público a través de las rentas que pagamos todos en impuestos.
Atacan las reformas sociales
Esa clase política utiliza el error de Matador para intentar sacrificarlo públicamente, pero su verdadero objetivo es atacar y sabotear las reformas sociales que impulsa el progresismo, asociándolas de manera malintencionada con una caricatura desafortunada.
Paradójicamente, no hay nada que represente mejor la misoginia que las prácticas diarias de ese sector de la derecha, no solo contra las mujeres, sino contra toda la población.
Basta recordar los recientes episodios de misoginia dentro del Centro Democrático, incluso durante el proceso de elección de Paloma como candidata, y revisar las posiciones que defienden en el Congreso, para entender que el ataque a Matador no es moral, sino político. Matador debe pedir disculpas y no volver a dar papaya.
Burlarse del cuerpo de la gente está mal y no hace parte del progresismo.
Pero también es cierto que partidos como el Centro Democrático y Cambio Radical lucen, políticamente hablando, como el rico Epulón: obesos de privilegios, mientras el pueblo al que le sabotean las reformas sociales sigue pareciéndose cada día más al pobre Lázaro, una realidad que Paloma Valencia y sus aliados fomentan a diario desde el poder.





