
Sergio Fajardo vuelve a escena como lo ha hecho durante años: con un tono mesurado, un lenguaje pulcro y una propuesta que promete mucho en la superficie, pero que se desinfla cuando se examina su sustancia.
El eterno candidato presidencial, especialista en acciones que piden cambiarlo todo para que todo siga igual, reaparece hoy en medio de la crisis diplomática desatada por la retórica agresiva de Donald Trump hacia América Latina y por los ataques políticos contra el gobierno de Gustavo Petro. Y, fiel a su estilo, no solo no aporta una salida de fondo, sino que consigue defraudar un poco más.
Esposo de María Ángela Holguín
Fajardo, presentado a menudo como una eminencia de la “prudencia” y la “sensatez”, está casado con María Ángela Holguín, excanciller emblemática de la élite neoliberal colombiana.
Holguín ocupó cargos de alto nivel durante los gobiernos de César Gaviria, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, periodos que muchos críticos recuerdan por una política exterior caracterizada por la subordinación estratégica y por resultados diplomáticos cuestionables, especialmente en litigios y disputas regionales.
Aquella línea fue celebrada por buena parte de los medios como “responsable” y “técnica”, aunque para otros sectores significó una renuncia sistemática a la defensa firme de la soberanía.
Convocar a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores
En esta redacción asumimos —no sin ironía— que la señora Holguín, quien ya ha adherido públicamente a la campaña de su esposo, funge hoy como su principal asesora en asuntos internacionales.
Eso ayuda a entender por qué la gran idea de Fajardo frente a la intromisión estadounidense en los asuntos internos de varios países sudamericanos, incluido Colombia, sea convocar a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores.
Como casi todo lo que propone, la iniciativa suena elegante, institucional y “seria”, pero termina siendo profundamente inútil.
¿Quiénes integrarían esa comisión?
Nada menos que los antiguos jefes políticos del establecimiento: César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque.
Los mismos que hoy son abiertos opositores del gobierno progresista y que, directa o indirectamente, han mantenido vínculos políticos con sectores republicanos en Estados Unidos, incluso promoviendo sanciones y presiones externas contra Colombia.
Pretender que ese club de expresidentes sea la tabla de salvación ante una crisis provocada, en parte, por su propio legado, es una burla al sentido común.
La decadencia política de Sergio Fajardo parece no tener límites.
Su negativa crónica a asumir posiciones claras, su obsesión por las salidas cosméticas y su alergia al conflicto real solo sirven para perpetuar los privilegios de una clase política tradicional que ha profundizado la desigualdad y el resentimiento social.
Hoy, Fajardo vuelve a decir cosas que suenan amables y razonables, pero que en el fondo refuerzan el mismo sistema que daña la dignidad y la soberanía de Colombia. Cambia el tono, no el rumbo. Y el país ya no necesita más de lo mismo.



