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La tibieza como doctrina: De la Calle y el miedo a que el país cambie

Cuando advierte sobre el riesgo de “regresar al siglo XIX”, cuando las constituciones eran “cartas de batalla”, omite lo verdaderamente nocivo: una clase política que se niega a reformarse, que legisla para sí misma y que bloquea cualquier intento de democratizar el poder.

La tibieza como doctrina: De la Calle y el miedo a que el país cambie
La tibieza como doctrina: De la Calle y el miedo a que el país cambie

Humberto de la Calle insiste, en todos los escenarios posibles, en negar de manera tajante la viabilidad de una Asamblea Constituyente. Sin embargo, ahora aparece con un matiz que pretende sonar reflexivo pero que, en el fondo, delata la misma lógica de siempre: conservar el statu quo mientras se simula apertura al debate. 

Decir que “es un error negar de manera tajante el papel posible de una Asamblea Constitucional” no es un viraje de fondo, sino una maniobra retórica. Es la típica posición tibia que busca quedar bien con todos y no incomodar a nadie, especialmente a quienes se benefician del orden político actual.

Pero la ambigüedad le dura poco. 

De inmediato, De la Calle vuelve a cargar contra el Gobierno y contra la idea de la constituyente, no por el contenido de las reformas que se proponen, sino por la forma. 

Afirma que “también es un error la forma como el Gobierno la ha planteado”, como si en Colombia hubiera una forma ideal, aséptica y despolitizada de impulsar transformaciones profundas. 

Exigir pureza procedimental en un sistema diseñado precisamente para bloquear el cambio es, en la práctica, una forma elegante de oponerse a él.

Luego viene la muletilla obligada: “discrepo del presidente Petro”. 

La frase se repite casi como un reflejo condicionado, porque acto seguido De la Calle sostiene que, aunque la constituyente solo llegue a funcionar después de las elecciones, el hecho de recoger firmas desde ahora —un mecanismo legal y constitucional— “ingresa al escenario electoral” y se convierte en un “perturbador elemento de campaña”. 

La palabra no es inocente. 

Proponer cambios estructurales resulta perturbador, sí, pero únicamente para quienes han gobernado durante décadas sin resolver los problemas de fondo y para quienes ven en cualquier sacudida una amenaza a sus privilegios.

De la Calle también sostiene que echar mano de las reformas que el país requiere —y que el actual Congreso se negó sistemáticamente a aprobar— no debería estar sujeto al entorno pasional de la disputa electoral. 

La pregunta es inevitable

¿Cuándo, entonces? ¿Cuando ya no haya margen de acción? ¿Cuando se haya elegido nuevamente a los mismos congresistas que bloquean toda iniciativa que no provenga de las élites tradicionales? 

Pretender separar las reformas del momento político es desconocer que la política es, precisamente, el escenario donde se definen los rumbos colectivos.

Pide una “reflexión sosegada”

Hacia el final, De la Calle reconoce que la discusión temática es válida, pero pide una “reflexión sosegada” sobre si la constituyente es el mejor instrumento y cuál es su propósito. 

Para muchos analistas independientes, esa invitación a la calma no es más que una dilación calculada, una cortina de humo para evitar discutir los temas vitales en plena coyuntura electoral y garantizar que nada esencial cambie.

Finalmente mete miedo 

Cuando advierte sobre el riesgo de “regresar al siglo XIX”, cuando las constituciones eran “cartas de batalla”, omite lo verdaderamente nocivo: una clase política que se niega a reformarse, que legisla para sí misma y que bloquea cualquier intento de democratizar el poder. 

Al final, De la Calle cierra con la frase de cajón que resume su postura: reformas sí, pero no así. Es decir, reformas que no incomoden, que no movilicen, que no transformen. Reformas que, en la práctica, nunca llegan.