
En Colombia, cada proceso electoral viene acompañado de un libreto conocido: el establecimiento, reacio a perder sus privilegios históricos, construye una narrativa que le permita reciclarse y seguir gobernando.
En esta ocasión, ese relato gira alrededor de los llamados “extremos”.
Según esta visión interesada, el país estaría atrapado entre dos polos igualmente peligrosos, y la única salida responsable sería una supuesta tercería, un “centro” que se autoproclama moralmente superior y capaz de unir a la nación.
Esa narrativa no sólo es falsa, sino profundamente manipuladora.
No es cierto que Colombia esté condenada a elegir entre extremos equivalentes. Tampoco es cierto que quienes hoy se presentan como la “nueva mayoría” representen una opción ética superior.
Sergio Fajardo y su equipo asesor insisten en esta idea con una persistencia que raya en la deshonestidad intelectual. En su afán por construir lo que han denominado una nueva mayoría, tergiversan la realidad política del país y confunden deliberadamente a la ciudadanía, equiparando proyectos, discursos y trayectorias que no son comparables.
Un ejemplo claro de esta trampa discursiva es la comparación entre figuras como Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.
No, no son iguales, ni pueden serlo. No se puede hablar de “extremos” simétricos cuando uno propone abiertamente la eliminación física o simbólica del adversario, mientras el otro plantea la necesidad de un nuevo pacto ético para el país, basado en los derechos humanos, la verdad y la reconciliación.
Equipararlos no es un ejercicio de equilibrio, sino una forma de banalizar la violencia y deslegitimar las apuestas democráticas que buscan transformar el país por la vía institucional.
Pero el problema no termina ahí.
El llamado “centro”, ese que hoy pretende erigirse como árbitro moral de la política colombiana, tampoco está por encima de nadie. Hay abundante evidencia de que esa superioridad ética es, en el mejor de los casos, un mito cuidadosamente construido.
Basta con revisar episodios concretos para desmontar esa imagen pulcra: Gustavo Villegas y sus vínculos con estructuras criminales, La Escombrera como herida abierta de la violencia urbana, la Biblioteca España convertida en símbolo de mala planeación, el episodio de las ballenas, la tristemente célebre “Don bernabilidad”, y por supuesto Hidroituango, un megaproyecto marcado por decisiones cuestionables y graves impactos sociales y ambientales.
En muchos de estos casos, la prensa —la misma que hoy promueve con entusiasmo la idea de una nueva mayoría moralmente superior— ha sido benévola, cuando no abiertamente alcahueta, con Sergio Fajardo y su entorno.
Sin embargo, esa indulgencia mediática no borra las responsabilidades políticas y éticas que le corresponden.
Gobernar no es solo tener buenas intenciones o un discurso moderado; es asumir consecuencias, dar explicaciones y responder por los errores.
La narrativa de los extremos y la falsa virtud del centro no buscan reconciliar al país, sino preservar un status quo que se resiste a cambiar. Desenmascararla es un paso necesario para que la ciudadanía pueda debatir con honestidad y decidir con plena conciencia el rumbo que quiere para Colombia.




