
En Barrancabermeja, uno de los puntos de referencia más conocidos es “la esquina del Cachi”. No solo ha servido para dar orientaciones en la ciudad, sino también como un lugar de encuentro marcado por el recuerdo de unas deliciosas empanadas en el pasado y, en la actualidad, por los calienticos pandebonos.
¿De dónde viene el nombre de El Cachi?
En 1963 llegó a Barrancabermeja el señor Pascual Pinilla Vargas, procedente de San Vicente de Chucurí. Se instaló en un pasaje frente al almacén REGERCO. Era un comerciante activo y trabajador: fabricaba escobas, tenía un taller de soldadura y más tarde abrió un pequeño negocio de avenas llamado El Pastorcito.
Siempre rodeado de empleados, buscaba motivarlos con frases como: “Rapidito, para que se ganen sus cachiflíes el sábado”. Ese término, “cachiflíes”, provenía de la palabra cash (dinero en efectivo), usada por los norteamericanos de la TROCO y adoptada por muchos trabajadores de la naciente Ecopetrol.
Otra de sus expresiones frecuentes era “Venga y me ayuda, cachi”. Así, poco a poco, el apodo se impuso hasta que casi nadie lo llamaba por su verdadero nombre: Pascual.

El kiosco de empanadas
En 1969, frente al almacén REGERCO (hoy SANAUTOS), Pascual y su esposa, María Fabiola Hincapié, abrieron un kiosco de empanadas y tintos, al que bautizaron “Cachiflíes”.
La acogida fue tal que, con esfuerzo y crédito, compraron una greca en el mismo almacén, adquirida de manos de Hernán Herazo Meza, reconocido comerciante de la ciudad.

Desayunadero del Cahi
Para 1980, la familia Pinilla-Hincapié adquirió un lote en la esquina de la calle 48 con carrera 25, frente al cementerio central (hoy “Parque a la Vida”). Allí fundaron el Desayunadero El Cahi, que desde las 4:00 a.m. ofrecía desayunos a los trabajadores de la Refinería y de El Centro de Ecopetrol.
Pronto se convirtió en el lugar preferido para amanecer o “desenguayabar” con sus caldos de costilla y de huevo, infaltables después de una noche de parranda.
En las décadas de los 80 y 90, el Cachi surtía empanadas y pastelitos a cafeterías de colegios como el Industrial, Diego Hernández de Gallegos, Técnico de Comercio (antiguo Femenino), el CASD y el parque recreacional de CAFABA, llegando a producir más de 1.500 empanadas diarias.
Cabe resaltar que Don Pascual era un liberal de convicción: hasta su carro y su moto estaban pintados de rojo.
El legado
Tras su fallecimiento, en 2002, la familia Pinilla-Hincapié continuó con el negocio hasta 2019, cuando decidieron arrendar el local. Hoy en día, esa misma esquina sigue siendo famosa, ya no por las empanadas, sino por los irresistibles y calientitos pandebonos.
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Quiero agradecer la valiosa colaboración del Sr Fernando Pinilla Hincapié, hijo menor de los esposos Pinilla Hincapié.





