
En el gran teatro de la política nacional, donde cada sesión legislativa parece más un espectáculo de magia que un debate democrático, un grupo selecto de pre candidatos presidenciales ha decidido autoproclamarse como los nuevos ilusionistas del futuro.
No usan sombreros de copa ni varitas mágicas, pero se jactan de poseer un talento extraordinario: adivinar las intenciones secretas del presidente Gustavo Petro.
Según ellos, el mandatario no gobierna… conjura. No presenta reformas… lanza hechizos. Y su última supuesta estrategia —porque en la imaginación de estos prestidigitadores todo es parte de un plan maestro— consiste en proponer una reforma tributaria con la certeza de que el mismo Congreso, controlado por quienes patrocinan a estos precandidatos, la hundirá.
¿El objetivo?
Que Petro, como un Houdini criollo, se libere de las cadenas del fracaso y emerja en las próximas elecciones vestido de víctima, ovacionado por un público seducido por su resiliencia. “¡Abracadabra electoral!”, gritan los magos precandidatos, convencidos de haber descifrado el truco.
Pero aquí es donde el espectáculo se vuelve interesante:
Si de verdad son tan clarividentes, si conocen con tanta exactitud los planes ocultos del presidente, ¿por qué no le aprueban la reforma y le arruinan el acto?
Bastaría un gesto, un movimiento de varita legislativa, para desmontar la narrativa de persecución que, según ellos, Petro está preparando. Sería el jaque mate perfecto, el golpe de efecto definitivo.
Sin embargo, no lo hacen.
Y no lo hacen porque el verdadero truco no está en el Congreso ni en Petro. El truco está en el bolsillo. O, más específicamente, en los bolsillos profundos de sus patrocinadores.
Los mismos precandidatos y sus congresistas que se declaran defensores del pueblo y guardianes del futuro, en realidad, responden a un presente mucho más prosaico: las cuentas de campaña, las donaciones disfrazadas, los favores pendientes.
La reforma tributaria que Petro propone busca, entre otras cosas, hacer que quienes más tienen aporten un poco más para aliviar las cargas de quienes menos tienen. Una medida que, en teoría, debería resultar casi incuestionable en un país con una desigualdad galopante.
Pero no.
Porque no se trata de técnica, ni de justicia fiscal, ni siquiera de ideología. Se trata de nombres y apellidos. Se trata de los grandes mecenas que pagan vallas, almuerzos, encuestas y asesorías. Esos que no aparecen en los titulares, pero que escriben con cheques gruesos el guión del espectáculo político.
Cuando los precandidatos se rasgan las vestiduras denunciando las “trampas” del presidente, en realidad están defendiendo un truco distinto, uno mucho más antiguo que cualquier acto de ilusionismo: el de proteger los privilegios de siempre.
Porque en su mundo, el verdadero pecado de Petro no es su estrategia electoral, sino el atrevimiento de querer cambiar las reglas del reparto.
Y aquí hay un detalle curioso:
Estos supuestos videntes del porvenir no se oponen a la reforma porque no entiendan sus consecuencias, sino porque las entienden demasiado bien.
Saben que, de aprobarse, el tablero cambiaría. Saben que sus patrocinadores tendrían que pagar más. Saben que el relato de “los dueños del país” empezaría a resquebrajarse. Y eso, sencillamente, no pueden permitirlo.
Mientras tanto, en las sedes de sus campañas y en los pasillos del Capitolio, el espectáculo continúa.
Los ilusionistas de la oposición al gobierno Petro siguen sacando conejos de sus discursos, prediciendo catástrofes fiscales, anunciando derrumbes económicos y asegurando que ellos son los verdaderos guardianes del futuro.
Pero basta con observarlos un poco más de cerca para descubrir que, como en todo truco de magia, lo importante no está donde apuntan las manos, sino donde se esconde el espejo.
Petro, por su parte, juega su propio acto.
Sabe que cualquier reforma tributaria, incluso antes de ser discutida, es ya un escenario político. Y sabe también que, aprueben o no aprueben, el espectáculo le favorece.
Si la oposición hunde la propuesta, podrá señalar a los mismos que hoy lo acusan de manipulador y decir que son ellos quienes bloquean los cambios que la gente pide. Y si la aprueban, podrá reclamar la victoria de haberlos vencido. Es un juego de suma cero… pero con altos riesgos para quienes se presentan como ilusionistas invencibles.
Al final, la gran paradoja es que quienes se creen dueños del futuro terminan siendo prisioneros de su presente.
Creen controlar la narrativa, pero solo siguen el libreto dictado por quienes financian su permanencia. Creen que entienden la magia, pero son parte del truco. Y mientras tanto, el público —la ciudadanía— asiste a un espectáculo donde los aplausos se reparten cada vez menos y la paciencia se agota.
Porque, a fin de cuentas, la verdadera pregunta no es qué está planeando Petro, sino qué están escondiendo quienes dicen haberlo descubierto todo.





