
En los últimos años, la credibilidad de los medios tradicionales de comunicación ha estado en una caída vertiginosa. Lo que antes era una fuente confiable para millones de personas que deseaban informarse sobre los sucesos nacionales e internacionales, hoy ha sido reemplazado por una percepción generalizada de desconfianza.
En lugar de ser los medios los que nos informan, ahora parece que somos nosotros quienes debemos estar informados para poder escucharlos, analizando sus contenidos y distinguiendo lo que es real de lo que es manipulado.
La cobertura al caso Uribe Vélez
La reciente cobertura del proceso penal contra el ex presidente Álvaro Uribe Vélez ha sido, quizás, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de muchos colombianos.
Los medios tradicionales, especialmente aquellos más influyentes, han mostrado una parcialización evidente y, en muchos casos, un tratamiento erróneo y tendencioso del caso.
Esta falta de rigurosidad, lejos de ser un error aislado, ha sido percibida como una estrategia mediática para moldear la opinión pública, protegiendo a figuras como Uribe y atacando la independencia del poder judicial.
Una semana antes de la lectura del fallo, los medios tradicionales, en lo que parece una acción coordinada como si fueran «bodegas» de redes sociales, lanzaron una serie de ataques contra la juez Sandra Heredia.
Invasión de la privacidad de la juez
En lugar de centrarse en los hechos y el proceso judicial, se atacó a la juez no solo en su capacidad profesional, sino también en su vida privada.
A esto se sumó una ola de pronunciamientos provenientes de seguidores de Uribe, muchos de ellos figuras de la ultraderecha, que, sin el más mínimo sustento, cuestionaron que el fallo pudiera ser condenatorio.
Incluso se llegó al extremo de pedir sanciones para la juez y presionar al país en caso de que el fallo fuera adverso al ex presidente.
Injerencia externa
Lo más sorprendente de este escenario es que los congresistas republicanos hispanos del sur de la Florida, ajenos a la realidad política y judicial colombiana, también se unieron a la campaña de desinformación, atacando la independencia judicial de Colombia y presionando a favor de Uribe.
Este fenómeno deja en evidencia no solo la falta de ética de los medios tradicionales, sino también el abuso de poder de aquellos que intentan influir en la justicia de otro país.
Tras el fallo sigue la desinformación
Tras la sentencia condenatoria contra Uribe, los medios tradicionales continuaron alimentando el ecosistema de desinformación. En lugar de ofrecer un análisis profundo y objetivo del fallo, se limitaron a hacer eco de las quejas de los seguidores más fervientes del ex presidente.
Un ejemplo claro de esta parcialización ocurrió cuando los medios de comunicación nacionales compartieron un video casero del abogado uribista Abelardo de la Espriella, quien invitaba a los ciudadanos a marchar en apoyo a Uribe.
Lo curioso del asunto fue que, a pesar de que los comentarios en el video eran mayoritariamente negativos, con insultos y burlas hacia Uribe, los medios destacaron la invitación como un gran evento, casi como si estuvieran promoviendo la marcha, utilizando al abogado como un «presentador» de la convocatoria.
Este tipo de cobertura mediática ha desbordado la paciencia de muchos ciudadanos.
La constante manipulación y parcialización de los medios tradicionales ya no pasa desapercibida. En la era de la información y las redes sociales, los colombianos han comenzado a recurrir cada vez más a medios alternativos que ofrecen una perspectiva más objetiva, veraz y equilibrada.
El resultado es claro: los medios tradicionales están perdiendo su audiencia y su influencia, condenados a convertirse en ecos de un pasado donde eran las voces más confiables.
La decadencia de los medios tradicionales es un hecho innegable.
No solo se ve reflejada en la manipulación de la información relacionada con el caso Uribe, sino en la falta de rigor y en su incapacidad para ofrecer una cobertura equilibrada de los hechos.
Hoy, la mayoría de los colombianos se informan a través de medios alternativos, dejando atrás a aquellos que, en su afán de proteger ciertos intereses, manipulan la verdad y distorsionan la realidad en su favor.




