
En el corazón del barrio petrolero El Parnaso, uno de los sectores más emblemáticos de Barrancabermeja, existe una plazoleta que desde 1963 lleva un nombre que para muchos barranqueños no necesita explicación;la PRU.
Pero, ¿qué significa PRU?
Resulta que, por aquellos años, un grupo de muchachos del barrio, que rondarían en promedio los quince años y, seguramente, tenían más tiempo para inventar cosas que para hacer tareas, decidió bautizarse como los Patos Revolucionarios Unidos. Lo de “revolucionarios” habría que investigarlo; lo de “patos”, en cambio, parece haber quedado suficientemente demostrado.
Con el paso del tiempo, aquellos muchachos crecieron, trabajaron, se casaron, tuvieron hijos y hasta nietos. Finalmente llegó ese momento glorioso de la vida en que uno deja de decir “Tengo que ir a trabajar” para empezar a preguntar; “¿Y hoy dónde nos vemos?”.
Así, a comienzos de los noventa, cuando la edad de jubilación tocó a sus puertas, comenzaron a reunirse con mayor frecuencia frente a la plazoleta, en la terraza de la casa número 67, mejor conocida como Los Cascaritas, ubicada en la esquina de la primera etapa del barrio. Las reuniones en la terraza de Cascarita se realizan al mismo estilo de los partidos de fútbol; en dos tiempos. El primer tiempo va en la mañana, de 9:30 a. m. a 12:00 m., y el segundo en la tarde, de 4:30 p. m. a 6:30 p. m. Lo que comenzó como un sencillo encuentro de amigos terminó convirtiéndose en una especie de congreso permanente de pensionados, con sesiones ordinarias todos los días y, por supuesto, sin necesidad de aprobar actas, porque allí nadie se acuerda de lo que se dijo el día anterior.
Hoy se reúnen diariamente entre ocho y diez personajes que comparten una característica fundamental: después del desayuno tienen toda la jornada disponible. Y hay que decirlo; la fuerza de encontrarse con los amigos resulta ser infinitamente más poderosa que cualquier otro compromiso.
Mayo, la madre de todos

En esta particular cofradía de los muchachos de la PRU hay una figura femenina que merece capítulo aparte: Isabel María Gómez, más conocida cariñosamente como Mayo.
Mayo aparece de vez en cuando por la casa, como quien pasa revista a una tropa que requiere supervisión. Llega a mirar que todo esté en orden, que no haya novedades y, de paso, a comprobar cómo marchan sus muchachos. Porque, aunque la casa tiene dueño, hay una tradición peculiar: todos los muchachos tienen llave de la vivienda, aunque ninguno sea propietario.
Eso convierte a Mayo, sin haberlo solicitado oficialmente, en una mezcla de madre, acudiente, administradora y autoridad moral de la PRU. Ella sabe que allí puede encontrar a cualquiera de sus muchachos y, probablemente, también sabe que, si algún día falta alguno, los demás tendrán una explicación perfectamente preparada.
Lo cierto es que su presencia le aporta un toque maternal a la tertulia. Detrás de tanta charla, broma, chisme y receta casera, existe una gran familia de amigos que entendió que cuidarse y acompañarse es otra manera de quererse. Y Mayo, como buena madre de este peculiar hogar, aparece de tanto en tanto para recordarles que, aunque tengan la llave de la casa… la llave de la autoridad todavía la tiene ella.
De todo se habla en la PRU
Allí se habla de lo divino y de lo humano. De las historias de los años de trabajo en la refinería o en los campos petroleros de El Centro y Casabe; de las anécdotas de juventud, viejas travesuras, política, fútbol, béisbol y sóftbol. Por supuesto, no faltan los chismes sobre conocidos que, según ellos, fueron infieles. Eso sí; ninguno de los integrantes de la PRU jamás lo fue. O, por lo menos, eso aseguran todos.
En las conversaciones también se evoca con cariño el recuerdo de aquellos amigos que ya partieron al “apartamento azul” (la casa de Dios), como César y Jorge Montt, Germis Erazo, Roberto Acosta (Mincho), Alejandro Pineda, Julio Gómez (Bartolo) y Arturo Estupiñán. De igual manera, se hace mención de aquellos a quienes San Pedro les ha dicho que se queden todavía un tiempo más en la tierra, entre ellos Lesmes Huertas, Álvaro Robles y José Mercado.
En la PRU no existen agendas; el tema del día aparece solo. La conversación puede saltar sin escalas de un recuerdo laboral a un comentario político, para terminar, sin que nadie sepa cómo ocurrió, hablando de algún vecino que se casó, se separó o se volvió a casar.
La farmacia de la esquina
La tertulia también dedica un capítulo sagrado a la salud. Allí se intercambian diagnósticos, recomendaciones y experiencias médicas con una solvencia que haría temblar a más de un especialista.
El menú terapéutico parece una verdadera pizza farmacológica: una base de Dolorán, una porción de Voltaren, un toque de alprazolam, enalapril o losartán y, como ingrediente especial de la casa, alguna infusión con la planta medicinal que esté de moda. Porque si algo caracteriza a estos muchachos es su fe inquebrantable en la botánica. Que, si una sirve para la digestión, que, si la otra desinflama, calma dolores musculares o cuida las articulaciones… En la terraza de la PRU no solo se habla de la vida, también se pretende alargarla a punta de remedios caseros. Si a alguna farmacia se le ocurriera instalarse al frente de Los Cascaritas, probablemente tendría que quebrar por falta de clientes.
La Virgen del Carmen también tiene su turno
Cuando cae la tarde, aparece otro ritual. Uno de los muchachos tiene la sagrada misión de encender las luminarias de la Virgen del Carmen, que reposa en el pedestal de la esquina.
No se sabe si es un acto de pura devoción, una tradición o una forma de pedirle a la Virgen que les conserve la salud, la memoria y, sobre todo, la paciencia para seguir soportándose entre ellos. Pero la Virgen está allí, como testigo silencioso de las conversaciones, risas e historias que han desfilado por esa esquina durante décadas.
Los muchachos eternos
Sus edades oscilan entre los 63 y los 83 años, pero cuando están juntos regresan de inmediato en el tiempo. Se toman el pelo, se hacen bromas y se ríen de sus propias ocurrencias. Quizás ahí radica el verdadero secreto de estas reuniones: la edad avanza, pero la amistad tiene la extraordinaria virtud de mantener joven el espíritu.
Eso sí, hay momentos en que la naturaleza los pone a prueba. Cuando por el andén pasa una muchacha agraciada, más de uno suspira, otro se acomoda los lentes, alguno intenta disimular y no falta al que parece hacerle falta una bala de oxígeno. Entonces aparece, como respuesta unánime, la célebre frase inmortalizada por Diomedes Díaz:
“¿Cómo sería, no?”
Y hasta ahí llega la conversación médica.
Lo que se dice en la PRU, se queda en la PRU
En esa terraza existe una regla no escrita: lo que se dice en la PRU, se queda en la PRU. O, por lo menos, eso es lo que todos prometen.
Después de más de seis décadas, aquellos jóvenes de quince años cargan hoy con arrugas, historias y una nutrida colección de achaques. Pero siguen siendo los mismos amigos. Los Patos Revolucionarios Unidos tal vez dejaron atrás la juventud, pero conservaron lo esencial; la capacidad de reírse juntos, de encontrarse cada día y de seguir celebrando la vida.
Al final, entre medicamentos, infusiones, chismes y carcajadas, hay algo que ninguna pastilla puede fabricar y ningún médico puede formular: la amistad de toda una vida. Y mientras haya una terraza, unas sillas, una esquina y ocho o diez amigos dispuestos a reunirse, la PRU seguirá estando más viva que nunca.





