
Al progresismo en Colombia parece haberle ocurrido lo que en el boxeo se conoce como la pérdida de la “mentalidad de tiburón”: esa combinación de hambre de victoria, determinación, disciplina y convicción que impulsa a un luchador a darlo todo hasta el último segundo.
La “mentalidad de tiburón” simboliza la ferocidad de quien entiende que cada combate es decisivo y que rendirse nunca es una opción.
Quizás los resultados de las encuestas, el exceso de confianza o la sensación de que la victoria estaba asegurada terminaron debilitando esa energía que debe caracterizar a las fuerzas progresistas y a quienes respaldan los cambios sociales en Colombia.
Lo ocurrido hoy debe entenderse como una alerta temprana y no como una derrota definitiva.
La segunda vuelta representa una nueva oportunidad para despertar la pasión, recuperar la movilización y convocar a millones de ciudadanos a las urnas para defender los avances alcanzados durante estos cuatro años de gobierno progresista.
Mientras tanto, la derecha ha demostrado que está dispuesta a desplegar todos sus esfuerzos para recuperar el poder político y revertir muchas de las transformaciones impulsadas en este período.
El abstencionismo.
Más allá de las denuncias sobre posibles irregularidades electorales, la realidad es que millones de ciudadanos decidieron no participar.
Esa ausencia puede tener consecuencias profundas para sectores que han visto mejoras en sus condiciones de vida, como campesinos, trabajadores, madres comunitarias, aprendices del SENA, médicos internos y comunidades históricamente excluidas.
La lección es clara
Ninguna conquista política está garantizada si quienes la respaldan permanecen al margen. La abstención no es neutral cuando están en juego proyectos de país contrapuestos.
Si el progresismo quiere recuperar la “mentalidad de tiburón”, deberá transformar la preocupación en organización, la indignación en participación y la esperanza en votos.





