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Criticar después de la derrota: el cómodo oficio de los profetas del pasado

Si realmente quieren defender la democracia, deberían recordar que el adversario no es el progresismo, el verdadero adversario es cualquier proyecto que pretenda destruir las libertades democráticas.

Existe una corriente mediática que pretende hacernos creer que casi todo lo que hace la izquierda es torpe, equivocado y electoralmente inútil.

Su argumento parte de desconocer por completo un fenómeno que atraviesa a América Latina: el avance electoral de sectores de ultraderecha, muchos de ellos respaldados política y mediáticamente por las derechas regionales y por intereses provenientes de Washington.

Para estos analistas, las derrotas de la izquierda parecen explicarse siempre por sus propios errores, mientras cualquier denuncia sobre fraude, intervención o guerra sucia es presentada como una conspiración delirante.

Incluso les resulta particularmente absurdo que algunos lleguen a pedir disculpas a Iván Cepeda porque la derrota de Lula en Brasil supuestamente demostraría la existencia de un fraude global.

Esa mezcla de paranoia y superioridad intelectual termina haciendo un enorme daño al progresismo.

Se presentan como “salvadores ideológicos” de una causa que, paradójicamente, pasan buena parte del tiempo descalificando.

Lo más curioso es que quienes hoy aparecen como profetas de lo ocurrido casi nunca hicieron esas advertencias durante las campañas electorales.

En campaña, guardaron silencio o hablaron poco.

Después de los resultados aparecen con una colección de certezas: esto debió hacerse, aquello no debió hacerse, aquel candidato no servía, esa estrategia estaba condenada al fracaso. Son profetas, sí, pero profetas del pasado.

Se intenta minimizar la votación obtenida por Iván Cepeda en 2026, argumentando que los 12,6 millones de votos no representan necesariamente al progresismo porque Petro era presidente y los partidos de gobierno tienen ventajas electorales.

Manzanas con peras

Luego se compara esa cifra con los 4,4 millones obtenidos por las fuerzas progresistas en las elecciones al Congreso para concluir que existe una enorme sobreestimación del respaldo popular.

Pero comparar directamente ambas elecciones es comparar peras con manzanas: tienen dinámicas, candidatos, alianzas, incentivos y comportamientos electorales diferentes.

También resulta llamativo que quienes dicen preocuparse por el futuro del progresismo terminen recomendando, explícita o implícitamente, fórmulas propias de la derecha.

Critican a la izquierda pero callan ante el fascismo

Hablan de una izquierda con una base de ocho millones de votos, pero anuncian una inevitable deserción causada por sus líderes y por “influencers paranoicos”.

Sin embargo, mientras califican de paranoicos a quienes alertan sobre el avance del autoritarismo, guardan silencio ante hechos que sí deberían preocupar: persecución de periodistas, ataques contra organizaciones sociales, restricciones a las libertades y hostigamiento contra dirigentes gremiales.

Piden sensatez. Pero la sensatez también exige responder preguntas incómodas:

¿Cuáles son las pruebas del fraude?, se pregunta. Bien.

Entonces que se investiguen seriamente las denuncias y que la evidencia determine las conclusiones. Las granjas de bots, la desinformación y la guerra sucia no son necesariamente fraude electoral, pero tampoco deberían utilizarse como excusa para cerrar cualquier investigación sobre posibles irregularidades.

Solo piensan en facturar

El problema es que estos escritores – que escriben muy bien – y podrían convertirse en una pieza fundamental de una oposición democrática al fascismo, parecen haber convertido su talento en una permanente factura contra el progresismo.

Exigen explicaciones a un lado mientras relativizan los abusos del otro y descubren después de cada derrota aquello que supuestamente siempre supieron.

Eso no es ayudar a una causa. Es convertirse en comentaristas del desastre después de que ocurre.

Y, si realmente quieren defender la democracia, deberían recordar que el adversario no es el progresismo, el verdadero adversario es cualquier proyecto que pretenda destruir las libertades democráticas.

Lo triste es que quienes podrían ser una piedra angular de esa oposición terminan pareciendo más interesados en cobrar políticamente sus derrotas que en impedir que la ultraderecha avance.

Y eso, más que inteligencia estratégica, produce una profunda pena ajena.


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