
Resulta difícil creer que cualquier extranjero que haya visitado Colombia durante los últimos cuatro años pueda concluir que el caso de Juliana Guerrero constituye un hecho inédito en nuestra historia política.
No se trata de justificar su conducta, ni mucho menos de minimizar la gravedad de presentar información académica irregular para intentar acceder a un cargo público. Si hubo falsedad, debe investigarse y establecerse la responsabilidad correspondiente. Punto.
El problema es otro: la indignación selectiva.
La revisión de hojas de vida de contratistas estatales ha puesto sobre la mesa cientos de posibles irregularidades en registros académicos y, según las denuncias divulgadas, decenas de casos que guardarían similitudes con el de Guerrero.
Entonces cabe preguntar:
¿Por qué este caso recibe una exposición mediática tan desproporcionada?
Juliana Guerrero es una mujer joven, de origen popular y piel morena. La reiteración de determinadas fotografías y la forma de presentar la historia parecen haber convertido un episodio administrativo y judicial en un espectáculo político, cargado de insinuaciones y asociaciones con Gustavo Petro.
La pregunta inevitable es si realmente se está investigando un caso individual o si, aprovechando el escándalo, se intenta golpear nuevamente la imagen del ex presidente y, de paso, desacreditar todo aquello que represente al progresismo.
¿Desde cuándo un expediente individual puede explicar por sí solo la corrupción de un gobierno entero?
La desproporción llega al absurdo cuando se pretende utilizar un caso particular como prueba de que el gobierno de Petro fue “uno de los más corruptos” de la historia nacional.
La vara debería ser la misma para todos.
Si hablamos de falsedad documental, investiguemos todos los casos. Si hablamos de corrupción, revisemos contratos, decisiones, patrimonio y responsabilidades con rigor.
Y si hablamos de persecución mediática, examinemos también quiénes han disfrutado históricamente de una extraordinaria capacidad para sobrevivir a escándalos que, en otros sectores sociales, habrían significado el final de cualquier carrera pública.
Escándalo para unos, silencio para otros
Lo verdaderamente peligroso es permitir que la política convierta la indignación en un mecanismo selectivo: escándalo para unos, silencio para otros.
No se trata de defender a Juliana Guerrero.
Se trata de exigir algo mucho más elemental: justicia con la misma vara, información sin manipulación y una opinión pública capaz de distinguir entre investigar una irregularidad y utilizarla como arma de demolición política.





