
Estas palabras, pronunciadas originalmente en el fragor de las luchas independentistas, cobran una vigencia alarmante en el escenario político actual.
El «momento de efervescencia y calor» no es solo un llamado histórico al combate; hoy representa la última ventana de oportunidad para que las clases populares defiendan – con el voto popular – los derechos, libertades y beneficios que costaron generaciones de sacrificio conquistar.
La apatía o la indecisión en este instante crucial equivalen a abrirle la puerta al abismo.
La amenaza del triunfo de una ultraderecha de tintes fascistas ya no es un asunto lejano, sino una realidad palpable que avanza con la promesa explícita de desmantelar el tejido social.
Este avance ideológico no busca el debate ni la alternancia democrática; su objetivo es, literalmente, «destripar» la disidencia, aniquilar al que piensa diferente y revertir conquistas históricas como la educación pública, la sanidad universal, los derechos laborales y la protección de las minorías.
Para las clases populares, perder este momento de resistencia significa arriesgar la dignidad cotidiana.
El eco de la advertencia es rotundo: «antes de doce horas seréis tratados como insurgentes».
Bajo un régimen de corte fascista – como el que ofrece Abelardo de la Espriella – la protesta social se criminaliza de inmediato y la defensa de los derechos humanos se etiqueta como un acto de traición o subversión.
El margen para reaccionar se reduce a un suspiro.
Quienes hoy gozan de la libertad de expresión o del beneficio de una red de seguridad social colectiva, mañana podrían despertar bajo un marco legal diseñado para perseguirlos.
Los nuevos «calabozos, grillos y cadenas» no siempre adoptan la forma física del hierro y el aislamiento medieval español de 1.810, aunque la violencia policial y la prisión política siguen estando en su presentes.
En 1.810, las cadenas se materializan en la censura feroz, el miedo a la persecución ideológica, la pérdida absoluta de autonomía económica y la deshumanización del adversario.
La ultraderecha opera sembrando el terror para paralizar la acción colectiva.
Si las mayorías populares dejan escapar esta «ocasión única y feliz» de frenar el autoritarismo fascista a través de la movilización y la conciencia crítica, el castigo será la pérdida de su propia condición de ciudadanos libres, quedando a merced de un poder que castiga la diversidad y exige sumisión absoluta.





