
Frente al reciente pronunciamiento de Horacio José Serpa Moncada, es necesario dejar una posición clara. En primer lugar, poco importa su orientación electoral o sus decisiones políticas actuales; su trayectoria reciente en las urnas habla por sí sola y no constituye el eje de esta reflexión.
Sin embargo, lo que sí resulta profundamente preocupante es el uso indebido de una memoria histórica que pertenece a millones de colombianos y colombianas que lucharon, durante décadas, por consolidar una visión socialdemócrata del país.
Esa lucha no fue menor ni superficial.
Fue una confrontación política, ideológica y ética contra proyectos que representaban una visión opuesta del Estado y de la sociedad.
Durante años, amplios sectores ciudadanos se movilizaron para defender principios como la justicia social, la equidad, el respeto por la vida y la búsqueda de la paz.
En ese camino quedaron víctimas de hechos dolorosos que aún marcan la historia nacional: persecuciones, violencia política, asesinatos de líderes sociales y sindicales, así como múltiples formas de intimidación.
Levantar hoy la voz es un acto de memoria.
Es recordar a quienes padecieron las consecuencias de políticas que, en nombre de la seguridad democrática, terminaron vulnerando derechos fundamentales.
Es también reivindicar a quienes, desde el pensamiento liberal socialdemócrata, defendieron una Colombia incluyente, democrática y solidaria, en contraposición a modelos excluyentes y autoritarios.
Resulta inaceptable que se pretenda reinterpretar o instrumentalizar esa historia para fines personales o coyunturales.
Utilizar un apellido con peso histórico no otorga automáticamente legitimidad política ni moral, y menos aún cuando se hace en contravía de los principios que le dieron significado.
Las nuevas generaciones merecen claridad, no confusión; merecen conocer una tradición política basada en la defensa de lo público, en la promoción de derechos y en el compromiso con las mayorías.
La socialdemocracia liberal en Colombia
La socialdemocracia liberal en Colombia ha sido, y debe seguir siendo, un proyecto de justicia social, de diálogo, de construcción colectiva y de respeto por las diferencias.
No puede ser reducida ni tergiversada para acomodarse a intereses individuales. La memoria de quienes lucharon y, en muchos casos, entregaron su vida por estas ideas, exige coherencia y responsabilidad.
Defender esa memoria no es un acto de nostalgia, sino de dignidad.
Es una obligación con el pasado y un compromiso con el futuro. Porque las ideas no solo se heredan: se honran con acciones.





