
Los seguidores de Sergio Fajardo aún no superan la caída de un pedestal que ellos mismos construyeron: el de la supuesta superioridad moral e intelectual.
El golpe fue doble.
Por un lado, el desastroso resultado en las encuestas; por el otro, la constatación de que el país real no se comporta como ellos creen que debería comportarse.
La reacción ha sido predecible y profundamente antidemocrática: tratar a los electores de brutos e ignorantes y amenazar —como si a alguien realmente le importara— con votar en blanco en una segunda vuelta, como gesto de castigo moral a una sociedad que no los obedeció.
Colombia atraviesa un momento que exige posiciones claras y firmes.
Las reformas sociales impulsadas por el gobierno —la pensional, la laboral y, especialmente, la de salud— han abierto un debate necesario sobre el modelo de país, el papel del Estado y la responsabilidad de la intermediación financiera que durante años drenó recursos del sistema.
A esto se suman discusiones estructurales sobre la reforma agraria, el manejo de la economía, la soberanía y la lucha contra el narcotráfico. No son temas menores ni admiten ambigüedades cómodas.
Siempre de acuerdo con la derecha
Sin embargo, eso que la campaña de Fajardo insiste en llamar “centro” ha terminado coincidiendo, en estos asuntos clave, con las posiciones de la extrema derecha.
El propio Fajardo dejó atrás la imagen del tibio conciliador para convertirse en un opositor sistemático de cualquier cambio propuesto por el gobierno nacional. La pregunta entonces no es sólo ideológica, sino ética y política:
¿Qué tipo de “centro” es aquel que, en la práctica, se alinea con la defensa del statu quo?
Analistas independientes se preguntan por qué esa indignación selectiva nunca se canaliza hacia Sergio Fajardo mismo.
¿Por qué no cuestionan su uso de la prensa, en su momento, para limpiar la imagen del entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe?
¿Por qué guardan silencio frente a su participación en una comisión de paz que terminó avalando dinámicas profundamente cuestionadas del paramilitarismo en Antioquia?
¿Por qué no problematizan su alcaldía, sus alianzas políticas, ni las sombras que rodearon esas administraciones?
También llama la atención la ausencia de autocrítica frente a hechos dolorosos
El silencio ante los miles de desplazados, los cuerpos en la escombrera, los desaparecidos y los falsos positivos ocurridos durante esos años; la responsabilidad en proyectos como Hidroituango o los desastres administrativos de obras emblemáticas.
Todo eso parece no generar la misma furia moral que una reforma social.
Se normaliza, además, su abandono del proceso de paz en 2018, su viaje a ver ballenas en plena coyuntura histórica, su posterior alianza con un populista de derecha como Rodolfo Hernández y, tras el fracaso electoral de 2022, la promoción de un voto en blanco tan cómodo como inocuo.
Al final, la pregunta de fondo es inevitable
¿Por qué cuesta tanto reconocer que el pueblo fue políticamente superior, que tomó una decisión distinta y legítima?
Ese supuesto “centro”, que hoy se presenta como víctima ilustrada, parece más bien buscar nuevas mayorías para una ideología neoliberal rentista, solo que sin el rótulo del uribismo. Y quizá eso, más que las encuestas, es lo que realmente no logran digerir.
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Fuente: L.E. Escobar MD en X





