
Equiparar a Iván Cepeda Castro con Abelardo de la Espriella no es un ejercicio de análisis político serio; es un atajo cómodo para eludir responsabilidades.
Cepeda, senador y hoy candidato del Pacto Histórico, ha construido su trayectoria alrededor de la defensa de los derechos humanos y de una ética del lenguaje que entiende que en Colombia las palabras no son inocentes. Hablar de paz, cuidar el tono y desescalar la confrontación no es debilidad: es memoria.
Este país ya se desangró demasiado como para seguir romantizando la violencia desde los micrófonos.
En el extremo opuesto aparece Abelardo de la Espriella
Candidato de una derecha radical que confunde la vehemencia con la agresión y que ha coqueteado con metáforas de aniquilación del adversario.
No es un detalle menor. En una sociedad atravesada por décadas de guerra, el lenguaje que invoca la destrucción no es retórico: es una señal política.
No se puede poner en el mismo plano a quien propone tramitar los conflictos por vías democráticas y a quien normaliza la fantasía violenta. Hacerlo es irresponsable.
Ahí entra en escena el truco gastado del mal llamado centro político
“Los extremos se parecen”. Esa frase, repetida hasta el cansancio por campañas como las de Sergio Fajardo y Claudia López, no busca comprender la realidad sino lavarse las manos.
Es una coartada para no incomodar al poder real, para posar de árbitro neutral mientras la violencia —histórica y estructural— siempre ha venido del mismo lado.
La falsa equidistancia no ha traído paz a Colombia; ha servido para blanquear a los de siempre.
Oposición radical a las reformas sociales
Durante los últimos 3 años de gobierno progresista, ese centro se opuso sistemáticamente a reformas que beneficiaban a las clases populares.
Les incomodó el aumento del salario mínimo, cuestionaron la caída del dólar, rechazaron la reducción de peajes y se escandalizaron ante la idea de bajar el sueldo a los congresistas.
Se atravesaron a la devolución de tierras confiscadas por el narcotráfico a los campesinos, torpedearon la reforma pensional y la laboral, y en la reforma a la salud se alinearon con la defensa de las corruptas EPS y de la intermediación financiera que drenó recursos del sistema durante décadas.
No fue moderación: fue toma de partido.
Ahora ese “centro” habla de construir nuevas mayorías, pero lo hace arropado con ideas neoliberales rentistas que empobrecen a la gente y que convirtieron a Colombia en uno de los países más desiguales del planeta.
La diferencia es cosmética: ahora quieren hacerlo sin el sello uribista, como si cambiar el empaque borrara el contenido.
Por eso es necesario decirlo sin ambigüedades.
La paz no se construye equiparando a quienes cuidan la vida con quienes exaltan la confrontación. La justicia social no avanza con tibiezas calculadas ni con neutralidades impostadas.
Los tibios politiqueros neoliberales disfrazados de moderados son un peligro real para las clases populares. Recordarlo todos los días no es polarizar: es asumir una posición ética. Ni un voto para la cobardía con micrófono.





