
Cada cuatro años, con la llegada de las campañas al Congreso, en Barrancabermeja resurge un viejo fantasma: el regionalismo electoral. No es extraño ver a políticos locales desempolvar discursos cargados de identidad regional, de promesas de autonomía y de proyectos que supuestamente devolverán protagonismo a la ciudad en el escenario nacional.
Sin embargo, más allá de la retórica de campaña, la realidad es desoladora: la dirigencia política local ha fracasado de manera categórica en consolidar un verdadero proyecto de región.
El Distrito Especial, aprobado hace ya varios años, pudo haber sido la puerta de entrada para una transformación política, social y administrativa. No obstante, a día de hoy, no se ha legislado nada sustancial en torno a él.
La promesa de convertir a Barrancabermeja en un referente regional quedó reducida a un título vacío.
No existen propuestas sólidas, no hay cuadros políticos emergentes con visión de futuro y, lo más preocupante, no se ha articulado ninguna agenda que defina un horizonte común. La falta de liderazgo y compromiso ha convertido ese logro jurídico en un cascarón sin contenido.
El resultado es doloroso
Otros cuatro años perdidos. Mientras tanto, en cada ciclo electoral llegan candidatos de distintas regiones del país a capitalizar el potencial electoral de la ciudad.
El caudal de votos de Barrancabermeja se dispersa entre promesas personalistas, acuerdos coyunturales y compromisos que poco o nada tienen que ver con las necesidades colectivas de la región.
En lugar de convertirse en un bloque fuerte que impulse proyectos regionales, la ciudad termina siendo una cantera de votos fragmentada al servicio de intereses externos.
Lo más grave es que, en esta ocasión, ni siquiera se puede hablar de una agenda regional mínima.
No hay proyectos en marcha, ni propuestas discutidas, ni mucho menos consensos que permitan pensar en una plataforma común. Por eso, resulta incoherente y hasta cínico que algunos políticos locales, quienes han tenido el tiempo y los espacios para construir iniciativas regionales, intenten ahora utilizar el discurso del regionalismo como estrategia electoral.
Han tenido años para demostrar compromiso, pero su inacción es prueba suficiente de que su interés por lo regional solo aparece en época de elecciones.
Frente a este panorama, la reflexión ciudadana es ineludible.
Más allá de los discursos vacíos, lo que realmente está en juego en estas elecciones es el futuro del país en torno a las reformas sociales que hoy se discuten.
La próxima legislatura definirá si avanzamos hacia cambios estructurales en salud, educación, pensiones, trabajo y peajes, o si, por el contrario, se perpetúa la vieja política que defiende privilegios acumulados por décadas.
En otras palabras: la verdadera discusión no es entre lo regional y lo nacional, sino entre el cambio progresista y la continuidad del estancamiento.
Barrancabermeja debe comprender que su voto puede contribuir a decidir qué Congreso tendremos
Uno que acompañe las transformaciones necesarias para mejorar la calidad de vida de la mayoría, o uno que actúe como muro de contención para proteger los intereses de unos pocos. Este debate, mucho más amplio y trascendental que cualquier retórica localista, será el que marque el rumbo del país durante los próximos cuatro años.
Eso no significa que los temas regionales deban abandonarse de manera definitiva.
Significa, más bien, que se requiere una verdadera cochada de barranqueños capaces de trabajar durante todo el periodo legislativo, no solo en elecciones. Se necesitan nuevos liderazgos, con propuestas claras y con voluntad de gestionar proyectos que fortalezcan a la ciudad como Distrito Especial.
Esa tarea implica compromiso sostenido, trabajo en equipo y visión estratégica, condiciones que hasta ahora han estado ausentes.
Compromiso de todos
Mientras no surja un relevo político, hablar de regionalismo será seguir alimentando un espejismo que cada cuatro años se recicla, pero que nunca se convierte en realidad.
La ciudadanía tiene en sus manos la posibilidad de no dejarse engañar por discursos oportunistas y de orientar su voto hacia quienes, más allá de etiquetas locales, estén dispuestos a construir un país más justo, equitativo y solidario.





