
La intervención del presidente Gustavo Petro ante la Asamblea General de la ONU se convirtió en un acontecimiento político de alcance mundial.
Con un discurso firme y sin concesiones, el mandatario colombiano denunció la violencia que sufre el pueblo palestino, condenó el genocidio en Gaza, señaló el fracaso histórico de la política antidrogas de Estados Unidos y llamó a la humanidad a asumir con seriedad la urgencia de superar la dependencia del petróleo para enfrentar la crisis climática.
Su postura lo consolidó como una de las voces más influyentes en la defensa de los derechos humanos y la paz global.
Sin embargo, en Colombia la reacción de la oposición no fue la de un debate serio, sino la de un espectáculo de sumisión que dejó en evidencia su profunda decadencia política.
Lejos de reconocer la importancia de que un presidente colombiano hable con dignidad en escenarios internacionales, los sectores tradicionales se apresuraron a desacreditar sus palabras.
Varios precandidatos —que en conjunto no logran superar ni siquiera el margen de error en las encuestas— publicaron un comunicado en el que rechazaron el discurso presidencial, asegurando que vulneró el principio de no intervención y “no representó a Colombia”.
Más allá del enunciado, lo que mostraron fue una actitud de subalternidad
Mientras en el mundo Petro era reconocido como un estadista valiente, en Colombia sus contradictores parecían más preocupados por no incomodar a Washington que por defender los intereses de la nación.
La oposición llegó al absurdo de insinuar que las palabras de Petro habrían motivado una supuesta sanción contra el país. La exageración no solo revela su fragilidad política, sino también la dependencia psicológica de una clase dirigente acostumbrada a gobernar bajo la sombra de Estados Unidos.
Su reacción no fue la de un bloque político serio, sino la de quienes, impotentes frente al liderazgo que Petro ejerce en la escena global, intentan refugiarse en discursos de miedo y en la caricatura de una diplomacia dócil que garantice sus viejos privilegios.
Sin autoridad moral
Resulta paradójico que quienes critican al presidente por defender la dignidad de Colombia sean los mismos que, durante décadas, aplaudieron sin cuestionamientos la llamada “guerra contra las drogas”.
Una estrategia que dejó en el país miles de muertos, desplazados y territorios devastados, sin que jamás lograra frenar el narcotráfico. Petro no solo señaló el fracaso de esa política, sino que recordó que Estados Unidos la utilizó como instrumento de control sobre América Latina.
Esa verdad, incómoda para muchos, es la que explica la virulencia de las reacciones opositoras: reconocerla sería admitir que ellos, durante años, avalaron una tiranía disfrazada de cooperación.
Pero lo más indignante fue la postura frente al genocidio en Gaza.
Mientras Petro denunció con claridad la masacre del pueblo palestino, líderes de oposición salieron prácticamente a alinearse con la versión oficial de Israel y Estados Unidos, minimizando o justificando la tragedia.
Ese contraste no solo retrata la falta de sensibilidad humanitaria de ciertos sectores, sino también su total desconexión con los principios universales de la paz y los derechos humanos.
En el fondo, la oposición parece atrapada en un bucle
No logra proponer alternativas serias, se resiste a cualquier transformación social, y se limita a atacar a Petro con un discurso repetitivo y cada vez menos convincente.
Su única estrategia es defender el statu quo que garantiza a unos pocos la continuidad de negocios ligados a la salud, la educación, las pensiones y los servicios públicos, todo a costa del bolsillo de los colombianos. De ahí que sus intervenciones no pasen de ser expresiones de miedo y nostalgia por un orden mundial en el que Colombia siempre fue tratada como patio trasero.
De rodillas
La decadencia llegó a tal punto que, ante la contundencia de Petro en la ONU, lo único que le faltó a la oposición fue crear una comisión oficial para pedirle perdón a Donald Trump o a cualquier vocero del imperialismo.
El servilismo político alcanzó niveles caricaturescos, dejando en claro que no se trata de una oposición constructiva, sino de una élite incapaz de entender que el país cambió.
Colombia ya no quiere arrodillarse, y la intervención de su presidente en Naciones Unidas lo dejó escrito con letras mayúsculas ante el mundo entero.





