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Recuerdo que Monseñor Jaime dijo…!!! – (Por: Alfredo Beltrán Toledo, Prbo.)

Recuerdo que Monseñor Jaime dijo…!!! - (Por: Alfredo Beltrán Toledo, Prbo.)

Siempre se ha dicho que la región del Magdalena Medio se ha caracterizado por sus particulares realidades climatológicas, geográficas, sociales y culturales; además de todo ello también, creo yo, por que ha sido el lugar común donde se ha desarrollado un estilo de población colombiana marcada por el emprendimiento, el trabajo, el esfuerzo de personas, que enfrentando situaciones sociales y políticas muy difíciles, han sabido mantener la marcha y no se han doblegado, haciendo honor a aquello que dice el himno del departamento de Santander “Porque llevamos en nuestra sangre la libertad”.  


Providencialmente, porque fue designio de Dios, a esta realidad llegó el recién consagrado obispo, Monseñor Jaime Prieto Amaya; y donde mejor podía estar un hombre tan profundamente sensible a la realidad social como lo era Monseñor Jaime, sino en una región y una diócesis como Barrancabermeja; por eso aún hoy día, después de 10 años, sigue siendo tan actual y profundamente cercano su recuerdo, testimonio y legado social y pastoral.


Con estas pobres palabras, no pretendo hacer una exposición exhaustiva del legado de Monseñor Jaime en el Magdalena Medio, como se me ha dicho, pido de antemano disculpas a los redactores de este periódico por la desobediencia; solo pretendo relatar en cinco aspectos la experiencia vivida y el aporte recibido de Monseñor en mi relación personal con él, que creo es común en todos aquellos que le conocimos.


Quiero empezar recordando unas palabras que Monseñor Jaime repitió varias veces en algunas reuniones con los sacerdotes de la Diócesis de Barrancabermeja, decía que nos pedía disculpas porque para él no era fácil tener expresiones y manifestaciones afectivas tan propias y comunes en la gente  de la Diócesis, pero que estaba aprendiendo y que nos quería; estas palabras me llevan a resaltar la primera realidad que caracterizaba a monseñor Jaime, una profunda sensibilidad humana y por lo humano, desde los primeros momentos de su presencia en la región del Magdalena Medio y creo yo que desde antes de llegar como obispo, ya nos conocía, ya sabía la realidad de todos nosotros, ya nos comprendía; para Monseñor, la humanidad, por ser obra de Dios y amada por él, significaba la razón de ser de su ministerio y su trabajo; entendía claramente que si Dios se encarnó lo hizo porque así manifestaba más claramente lo mucho que le importa el ser humano, y esta sensibilidad de Dios por lo humano fue para él la motivación para profundizar en el conocimiento del hombre, de su realidad, de su entorno, sus capacidades y necesidades; era capaz de combinar el análisis de situaciones y comportamientos de la sociedad con la comprensión de un padre que ama a sus hijos y les entiende, con la necesidad de la exigencia, el trabajo, y la imparcialidad necesarias para motivar una promoción humana verdadera.  Nos quería, como lo decía él mismo, a su manera y con sus formas, pero siempre con la intención de que ese cariño nos llevara a sentirnos amados por Dios y que esta verdad motivara en el ser humano, en la sociedad, la necesidad de respetarnos unos a otros, de defender la dignidad y la vida del hombre, de vernos como hermanos, de trabajar por la realización y promoción de todos.


Otras muchas veces le escuché decir, sobre todo en mi etapa de seminarista, que las nuevas generaciones tienen una gran responsabilidad porque ahora nos encontramos no en un cambio de época sino que estamos en una época de cambios, de muchos cambios; que mejor recuerdo para resaltar el segundo aspecto que caracterizaba a monseñor Jaime y aporte indiscutible a nuestra Diócesis de Barrancabermeja y al Magdalena Medio: su comprensión de la realidad social; si algo distinguía a monseñor era su capacidad de analizar, comprender e incidir en el aspecto social, sabía observar la realidad, sabía interpretar los signos que motivaban esa realidad y sabía responder a sus retos, no con análisis externos y demagógicos, sino que juzgaba la realidad con imparcialidad, preocupado por los pobres y débiles, sin acusar o responsabilizar indebidamente a fuertes o poderosos pero insistiendo siempre en la necesidad de un trabajo conjunto, justo y equitativo; sin temor a manifestar la verdad en esa realidad social, confiando en que sólo la proclamación de la verdad podría impulsar el cambio que necesita una sociedad, muchas veces, caracterizada por la violencia, la pobreza, la desigualdad y la impunidad; por eso, y quizá una de las preocupaciones más frecuentes en Monseñor, había que buscar y crear los medios que pudieran cambiar la realidad social que percibía en el Magdalena Medio, y a mi punto de vista, creo que monseñor Jaime sabía que sólo con un proceso inclusivo y participativo se podría lograr, es decir, en todas sus acciones, sean pastorales o sociales, siempre remarcaba el acento e importancia de la vinculación y responsabilidad, unos más que otros, de todos los medios, instituciones, entidades, clases sociales y personas en un proyecto común que cambiara la realidad social; Monseñor Jaime creía que esto era posible, esto era lo mejor de todo.


Cuando me ordenó de Diácono, recuerdo que en la homilía nos preguntó a todos cuales eran las obras de misericordia, como pudimos, salimos del apuro que nos causó la pregunta, después dijo que lo había preguntado porque en ellas se fundamenta el proyecto de nuestra vida como pastores; qué mejor hecho para resaltar el tercer aporte de monseñor a nuestra región; su actividad pastoral, plasmada en el Proyecto Diocesano de Renovación y Evangelización. ¿Cuántas veces le escuché hablar del PDRE?, no lo sé, era imposible contarlas, porque siempre hablaba de ello, creía realmente en él, y le quería porque sabía que con el PDRE se hacía concreta la evangelización, se promovía y devolvía la dignidad a la persona; he de confesar aquí, que en un principio me cansaba un poco tantas etapas y estructuras, tanto método DOFA, pero también he de confesar que monseñor sabía cómo hacernos gustar y amar el PDRE, tanto que al final terminé convencido de que era lo mejor que le había pasado a nuestra Diócesis. La Pastoral de Monseñor no era un conjunto de actividades desprogramadas o descoordinadas, sino que, como buen pastor, sabía que un plan pastoral no tendría el alcance, la incidencia y la vinculación que buscaba si no partía de una realidad concreta, de la realidad del pueblo del Magdalena Medio, por eso le escuchamos hablar tantas veces de la importancia del diagnóstico bien hecho, para saber como responder a la verdadera necesidad de la diócesis. Una respuesta que no era un mero trabajo social o una acción piadosa, sino que desde la centralidad de la persona de Cristo y su mensaje, buscaba transformar no sólo una situación social sino la vida misma del pueblo. Sabía que debía ponerse en marcha una pastoral que, teniendo a Cristo como modelo, devolviera la dignidad de la persona, diera sentido e importancia a la vivencia de los valores humanos y sociales, cambiara actitudes preconcebidas frente a la vida o la situación social y sembrara en el pueblo del Magdalena Medio y en su sociedad los mismos gestos de Cristo ante la necesidad y situación de los hermanos.


En una ocasión recuerdo que no quise asistir a una reunión diocesana, le dije que tenía cosas pendientes en la parroquia, y respondió que un sacerdote no puede limitarse a una realidad parroquial solamente, sino que debe tener un conocimiento de conjunto: parroquial, diocesana, nacional, mundial, porque si no es así, se corre el peligro de limitar el anuncio del Evangelio, y que razón tenía, por eso con estas palabras de monseñor resalto el cuarto aspecto: su misión profética;  producto especialmente de su capacidad para vislumbrar el camino que mejor y más convenía para una región y una diócesis que durante mucho tiempo se ha tenido que enfrentar a situaciones que han venido minando su esperanza, por eso no me refiero a este aporte de monseñor Jaime como una misión profética en términos de amenazas o expresiones condenatorias en contra del pecado social y personal que siempre condenó, sino que su profecía surgía de su capacidad para descubrir en las situaciones más adversas, posibilidades que lograban animar un cambio, que no importaba si se iniciaba en una sola persona, para él eso era lo de menos, pienso que creía plenamente que si uno solo lograba cambiar su perspectiva negativita e individualista por una más esperanzadora y fraterna, ya se estaba empezando a cambiar el mundo, porque creía que de uno sensibilizado se podía extender a otro y a otros hasta trascender los límites del entorno más cercanos y llegar más allá de las fronteras personales, parroquiales o diocesanas, cambiando realidades personales negativas por otras que posibilitaran la salvación, la esperanza y la conversión del pueblo de la Diócesis de Barrancabermeja y por que no, de la Iglesia entera; esta era su forma de profetizar la posibilidad de la civilización del amor.


Finalmente, el quinto aporte que nos dejó Monseñor Jaime lo refiero con algo que dijo una vez en una reunión a los sacerdotes; dijo que era muy necesario pasar tiempo ante el sagrario, y añadió, no importa si nos quedamos dormidos que Dios es capaz de transformar ese sueño en oración. Monseñor, aunque se caracterizaba por su talante social, analítico, estructurado y crítico, era profundamente espiritual, era consciente de que cualquier cambio social y progreso humano no tiene sentido ni logra su contenido realmente humanitario si no son expresión de la vivencia de los valores cristianos, si no surgen de una profunda relación con Dios. De él pude entender que es una profunda vida de fe la que posibilita un verdadero cambio en las relaciones con los hermanos; que una auténtica expresión de la solidaridad está libre de autocomplacencias; que sólo podemos entender al otro como hermano cuando hayamos vivido nuestra propia experiencia de hijos de Dios, y que mi trabajo, mi vida sacerdotal, familiar y social, puede ser una herramienta de la que Dios se puede servir, si así estoy dispuesto, para construir una sociedad con posibilidades para todos.



Pbro. José Alfredo Beltrán Toledo

Parroquia san Martín de Montalvan

Arquidiócesis de Toledo – España.

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