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Con el uribismo se ha perdido toda mesura

Con el uribismo se ha perdido toda mesuraPor: Juan Manuel López C.

 

La polarización no permite tener una conversación con quien califica a Uribe de una forma diferente: o es héroe o demonio, o se está con él o se es ‘santista’

 

En Colombia en general no nos conformamos con tomar posiciones ‘neutrales’ o discretas, sino que nos volvemos fundamentalistas; vemos o blanco o negro, pero no nos gustan los grises por sentirlos como indefinidos, como ‘tibios’, sin carácter; somos incapaces de apreciar que existen los colores aún en las ideas.

 

Tal vez por eso entendemos mal el fenómeno de la ‘corrupción’. Es verdad que estamos más que invadidos, pero probablemente la explicación no esté en la maldad de las personas sino en deficiencias de las instituciones que generan ese tipo de comportamiento en los ciudadanos.

 

Solo que sucede como con el ajo: mientras uno no lo haya comido, la persona que si lo hizo nos huele horrible; pero basta con que nosotros lo comamos para que nos volvamos insensibles a ese olor, no porque no nos moleste sino porque no lo sentimos.

 

En el caso de enfrentamientos ideológicos el factor Uribe ha hecho perder toda mesura. En muchos otros países estos alcanzaron las dimensiones de levantamientos insurgentes o hasta de guerras civiles. Pero nosotros logramos el récord de tener las guerrillas de más duración del mundo.

 

Y ahora una polarización que prácticamente no permite tener una conversación con quien califica a Uribe de una forma diferente a la propia: o es un héroe o es un demonio, o se está con él o se es ‘santista’, o se aplaude la ‘Seguridad Democrática’ o se está apoyando a la guerrilla.

 

Porque con el uribismo se exacerbó al extremo esta característica. En ninguna parte se había llegado a que en un Estado de Derecho argumentara el jefe de Gobierno que las decisiones tomadas por su antecesor no lo obligaban porque habían sido decididas por otro mandatario. Ni, aún en un sentido más propiamente jurídico, que, habiéndose pronunciado la Corte Constitucional sobre la vigencia de una ley – la Ley Estatutaria de la Justicia Especial para la Paz-, se planteara la posibilidad de que el presidente reviviera la posibilidad de tumbarla por inconveniente.

 

Pero es que no se entendió -o deliberadamente no se reconoce- que al decidir elevar el ‘tratado’ con las Farc a formar parte integral de la Constitución, todo lo que éste contiene es de rango superior a cualquier otra norma interna, por lo tanto, solo susceptible de cambio por vía de una Reforma a la Constitución.

 

O que dicho documento fue remitido a las Naciones Unidas dándole categoría de tratado internacional por lo cual, por similitud en el tratamiento, tendría primero que ser denunciado antes de poder desconocerlo.

 

O, cuando se tocan temas como el de Santrich, que por definición esas normas rigen por encima incluso de los tratados internacionales, ya que se estableció que eran desarrollo del Artículo 3 de los protocolos de Ginebra y que se depositó el documento en el CICR (máximo guardián de las normas del Derecho Humanitario).

 

Como si se tratara de borrar todo lo que no decidió el gobierno de Uribe, volvemos a la idea de los informantes, de las Convivir, de la amenaza de guerra con Venezuela, de las visitas ‘íntimas’ al presidente americano (hablando eso sí mejor inglés), a la negación del conflicto armado, a la imposibilidad de treguas bilaterales; tal vez lo que falta es el body counting, el premio por las bajas que se causen al enemigo que generó lo que eufemísticamente llamamos ‘falsos positivos’.

 

El uribismo no es culpa de Uribe, es parte de la tendencia nacional a radicalizar las posiciones.

 

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