Inicio Amylkar Acosta La oposición y el Gobierno de Unidad Nacional ¿Qué es oposición?

La oposición y el Gobierno de Unidad Nacional ¿Qué es oposición?

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Por: Juan Manuel López C.

 

En toda sociedad hay un orden vigente y una posibilidad de cambiarlo. En la práctica se genera siempre la confrontación entre los intereses de quienes controlan el poder y los de quienes desearían acceder a él (ya sea por motivos personales o altruistas), y se resuelve en los procesos políticos.

 

El sistema democrático se basó y hasta cierto punto perfeccionó las reglas para regular el proceso que nace de esta confrontación.

 

Este sistema funciona alrededor de partidos que suponen fijar objetivos y responder a principios que conducen a modelos de Estado, los cuales se deben alcanzar a través de teorías económicas y propuestas de gobierno.

 

La ideología, los instrumentos, y los dirigentes que orientarán cada partido se definen mediante reglas del juego institucionalizadas que forman parte del sistema democrático.

 

De acuerdo con estas consideraciones y a los voceros de los partidos, el nuevo mandatario gobernaría prácticamente sin oposición democrática.

 

¿Cuándo o porqué se puede dar un gobierno de ‘Unidad Nacional’?

¿Qué condiciones permiten y propician que eso suceda ahora?

¿En dónde queda o qué pasa con la ‘oposición’?

 

Dos fenómenos convergentes explican el éxito de tal propuesta hoy en Colombia:

 

Con el Frente Nacional los partidos perdieron su sentido, pues con la exclusión de cualquier posibilidad de gobierno para las agrupaciones ajenas a los dos partidos históricos, y la obligación de gobernar por turnos y de entregar la mitad de la burocracia al otro partido, dejó de existir el juego de opciones diferentes y se implantaron como nuevas reglas del juego el clientelismo y la componenda: como al elector no se le atraía con una ideología o una propuesta de gobierno, se institucionalizó que los votos se conseguían comprándolos y repartiendo o compartiendo la burocracia y el manejo presupuestal.

 

Por eso aquí vale la pena mencionar que no es de la ‘corrupción’ de los políticos que nace ese problema, sino de esa institucionalidad (obvio que salidos del Frente Nacional eso se debía corregir y que la culpa de que esto se perpetúe ya recae en el carácter de los individuos; pero acabar con eso toma tiempo y etapas, y ésta, la de la ‘unidad nacional’, supone contribuir en algo -por lo menos le hace el ‘saludo a la bandera’ de señalarlo como uno de sus objetivos-).

 

Lo concreto es que hoy la visión de lo que es la profesión del político no es la de que a ella se dedican quienes siguen unas convicciones que lo llevan a ponerlas y ponerse al servicio de la comunidad, sino la de una escalera para llegar al poder y así satisfacer sus anhelos de riqueza, de figuración, o de afán de dominación (su ‘líbido imperandi’).

 

No creo que sea necesario ilustrar o demostrar este punto.

 

Por este fenómeno, la consecuencia conocida y esperada es que cuando algún político sienta que no se retribuye debidamente su adhesión –cuando burocracia y contratos no alcancen para todos- y se presenten las elecciones locales, aquellos que se queden sin poder para ‘subir las escaleras’ buscarán sus votos en los inconformes, creando lo que llamaríamos una ‘falsa oposición’.

 

Asumido que la esencia de los regímenes democráticos es la posibilidad de optar por una entre diferentes alternativas, los Gobiernos de ‘Unidad Nacional’ aparecen cuando se produce una situación que lleva a que sea conveniente y aceptable posponer el debate sobre alternativas, en función de dar prioridad y atender un tema que requiere mayor atención y urgencia. Por eso los acuerdos para ese tipo de gobiernos nacen de guerras, catástrofes, grandes crisis, alta polarización en la comunidad o situaciones de quiebre institucional.

 

Una mezcla de todas éstas es el estado en que nos dejan los 8 años de seguridad democrática al país. Basta ver el discurso de triunfo del presidente electo para medir el tamaño de lo que tenemos que enfrentar. Y no se necesita mucho análisis para entender que no estamos ante opciones que él escoge sino ante una imposición de realidades de otra manera explosivas.

 

El desempleo mayor del continente; el déficit más grande de la historia; la deuda externa sin igual en el pasado; la desigualdad y la brecha del ingreso más grande del mundo; segundos en el mundo en el número en desplazados; el sistema de salud reventado; los órganos de seguridad e inteligencia convertidos en ‘empresa criminal’; el gasto militar proporcionalmente más alto del planeta; primero en ejecuciones extrajudiciales, en muertes de sindicalistas, con la Corte Penal Internacional pendiente con el ojo sobre los más de 2.000 casos de ‘falsos positivos’, y de los procesos de parapolítica; y que hablar de las relaciones con las Cortes o con las Naciones vecinas.

 

La desaparición de la oposición constructiva o propositiva y funcional dentro del sistema de partidos no quiere decir que viviremos en un país en el cual todos se identificarán con un gobierno que representará la armonía ciudadana.

 

Por lo menos tres formas de oposición negativa son de prever:

 

Una, la del poder de lo que se podría llamar el Uribismo: Para cumplir un efectivo desmonte de la polarización Juan Manuel Santos tendrá que incluir en su gobierno a los enemigos de Uribe. Y no parece posible o probable que se oponga o intente que no prosperen los escándalos pendientes de fallos de la Justicia  -‘Yidispolítica’, ‘parapolítica’, ‘chuzadas’, Agro Ingreso Seguro, los ‘doce apóstoles’, corrupción, fraude para intentar la segunda reelección, etc.-. Nada de esto puede discurrir sin que los miembros del Gobierno saliente lo acepten pasivamente y sin reaccionar.

 

Pero además hereda de Uribe una realidad innegable que va más allá de, y no se debe únicamente a, la polarización. La política de seguridad democrática, además de resultados inciertos en las guerras contra las FARC y contra el narcotráfico (relativos, pero en todo caso incompletos), deja un inventario que para no asumirlo como responsable el nuevo mandatario tendrá que reconocer como deudas del mandato anterior.

 

Santos, entre escoger defender a Uribe y gobernar escogerá lo segundo, y para poder hacerlo deberá soterradamente ‘entregarlo a los lobos’, generando una oposición probablemente más ‘frentera’ que soterrada de parte del Uribismo.

 

Una segunda será la nacida del inconformismo respecto a algunas orientaciones políticas que posiblemente mantendrá Santos. Ya no liderada por Mockus, quien solo cuestiona el ‘todo se vale’, hay fuerzas ciudadanas organizadas que se harán oír contra la negativa a los acuerdos humanitarios, contra el énfasis en la guerra por encima de la paz, contra los Tratados de Libre Comercio en condiciones desfavorables, contra la presencia americana en las bases militares, etc.

 

Y es probable una oposición en forma de protesta por vías de hecho. Por un lado por la misma subversión, la cual, en caso de no ofrecerse una solución negociada, acudirá necesariamente a acciones de tendencia cada vez más terrorista;  por otro lado, a menos que tenga un éxito muy rápido y cumpla con los anhelos de los afectados, la falta de un canal democrático de expresión de la rabia que pueden producir los vicios y defectos de nuestro orden social buscará expresarse en manifestaciones populares, paros cívicos, etc..

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