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Gracias Presidente

Gracias PresidentePor: Marlene Singapur.

 

En medio del fragor de las elecciones presidenciales, con un gobierno con el sol en las espaldas y uno de los índices de popularidad más bajos de la historia, y a punto de una estampida de ministros preparados para asaltar las gobernaciones y alcaldías, la figura de Juan Manuel Santos se ha convertido, en el mejor de los casos, en un florero o un cero a la izquierda, y en el peor en un cadáver infecto que nadie quiere tocar, ni tomarse con él una comprometedora foto. Típica ingratitud del poder.

 

No obstante, la obra de Juan Manuel Santos como presidente de Colombia es de aquellas que necesitan tiempo para decantarse y adquirir verdaderas dimensiones, fruto de un talante capaz de perseverar en la visión y el foco histórico, por encima de las presiones y tentaciones de la coyuntura. Ya lo dice el libro: ‘estar convencido lo es todo’.

 

La asignación del Nobel de Paz no sólo fue un respiro para el equipo de gobierno comprometido con la ardua gestión del proceso de paz, sino el espaldarazo de la comunidad internacional a un proyecto moribundo después del estruendoso triunfo del NO, en el referéndum malamente convocado por el gobierno.

 

En este punto, es justo agradecerle al líder promotor del NO, Álvaro Uribe Vélez, su aporte definitivo para despertar la solidaridad internacional en torno a la figura de su acérrimo enemigo del momento.

 

Puede pasar que nuestros intentos destructivos generen semillas de vida en algún terreno inesperado, y en algunos casos hasta premios Nobel.

 

No deja de ser curioso que mientras la comunidad internacional dimensionaba y valoraba con justeza, el enorme impacto histórico del proceso de paz sobre el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo colombiano y de todo el continente; al mismo tiempo nuestra opinión pública retrocedía ante un horizonte terrorífico inexistente, inspirado por el carácter mezquino y vengativo de una sola persona.

 

Allí hay un análisis por desarrollar, acerca de las fibras culturales que logró activar en su momento Álvaro Urbe Vélez, hasta contagiar a millones de incautos de un odio que no les correspondía albergar en sus corazones.

 

En retrospectiva siempre será fácil señalar injusticias y omisiones sucedidas en el proceso de paz colombiano, de fondo o de forma.

 

Por ejemplo, la imperdonable decisión de Juan Manuel Santos de solicitar a la ciudadanía su respaldo al proceso, cuando la propia Constitución ya le confería ese poder; una vanidad que, complementada con la vocación del presidente por el ritual y la escenificación, desgastó el proceso hasta alejarlo de la voluntad popular, empoderando así a sus enemigos.

 

Las actuales elecciones ya nos muestran, sin embargo, los beneficios de la firma de nuestro imperfecto acuerdo de paz, anunciando lo que con el tiempo será un nuevo entorno sociopolítico en el país.

 

En el momento de hacer historia, sería importante no sólo reconocer el esfuerzo y la decisión del gobierno de Juan Manuel Santos en procura de la finalización de la guerra, sino también el esfuerzo no menor que realizó Álvaro Uribe Vélez, para mantener vivo el carbón ardiente de una guerra sobre la que ha edificado su influencia y protagonismo público.

 

Y es allí donde reside la importancia de las presentes elecciones presidenciales colombianas, sin antecedentes en nuestra historia, en las cuales habría un inminente punto de quiebre en nuestra cultura política; o en su defecto el último intento del paramilitarismo por detener un devenir histórico que le exigiría rendir las mismas cuentas que hoy se le exigen a las FARC.

 

Es por eso por lo que votaré por Petro. No porque confié plenamente en su eficiencia administrativa o en su personalidad (difícil confiar plenamente en la eficiencia de cualquier político, en lo administrativo o lo moral), sino por los invaluables dividendos que tendría para la historia nacional su llegada a la Presidencia, como una forma de confirmación y avance de la ruta sin retorno que se abre con el acuerdo de paz.

 

La independencia de un Iván Duque que llega al poder con el respaldo de Álvaro Uribe Vélez, Alejandro Ordoñez y Fernando Londoño, sería un lujo que el uribismo no puede darse en estos momentos.

 

Es decir que la evidente juventud y espíritu liberal de Duque no serían más que una engañosa fachada, el Caballo de Troya del paramilitarismo para sostener el statu quo que le ofrecía la guerra.

 

Es la tragedia de Duque, atrapado entre su anhelo infantil de ser presidente, y la tentadora opción de comerse el suculento plato envenenado que le ofrece el uribismo.

 

Si llegase al poder el uribismo, su intención de cerrar la puerta histórica que abrió Juan Manuel Santos sería un acto de sobrevivencia que están obligados a emprender; y al mismo tiempo una empresa temeraria, que en todo caso la sociedad colombiana del posconflicto podrá enfrentar en términos hoy muy distintos, a los que reinarían si no se hubiese logrado activar el acuerdo de paz.

 

Sólo por eso ya somos un mejor país. Muchas gracias señor presidente, ha valido la pena.

 

 

Marlene Singapur

 

http://gusanoenlafruta.blogspot.com

msingapur@yahoo.es

 

 

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