Nos entienden mejor en el extranjero

Nos entienden mejor en el extranjero

Juan Manuel López

Por: Juan Manuel López.

 

Para el mundo no existe la confrontación Uribe-Santos sino las alternativas del abanico que va de la izquierda a la derecha.

 

Uno tendría tendencia a pensar que para estudiar y describir el proceso que vive Colombia, habría desde el exterior una visión demasiado esquemática, alrededor de paradigmas preconcebidos; que se equivocan en sus apreciaciones.

 

Hasta cierto punto sorprende que sucede lo contrario: el extranjero tiene una percepción de Colombia que probablemente es más acertada que la de los locales.

 

Ejemplo de esto es el caso de los ‘falsos positivos’: nos acostumbramos no solo al eufemismo de llamar así ese crimen que escandaliza a la humanidad, sino a considerarlo apenas un tema de estadísticas; un solo inocente muerto para ganar beneficios mostrándolo como ‘terrorista’ produciría toda clase de reacciones en otra parte del mundo; para nosotros son solo estadísticas que dicen que tenemos 4000 casos probados de tal aberración, o que más de 900 miembros de las fuerzas armadas son enjuiciados y/o sentenciados por ello.

 

Este asunto en particular y la modalidad de lo que conocemos como ‘corrupción’ han sido estudiados y explicados incluso clínicamente, llevando a lo que llamamos ‘anestesia’, o sea lo que se presenta cuando dejan de enviar una señal de alarma los órganos que deben reaccionar cuando un individuo hace algo en contra de sus propios valores y principios.

 

El caso del ser humano parece repetirse en las sociedades. (ver Remberto Burgos, Cerebro, corrupción y sanción social)

 

Pero otros aspectos son igualmente interesantes en cuanto parecen difícil de entender entre nosotros y para los extraños es lo contrario.

 

Con el proceso de Paz la primera pregunta que hace un extranjero fuera de Colombia es: ¿y qué cambios van a adelantarse? Por supuesto la respuesta de que el presidente que firmó el Acuerdo se comprometió a que no se producirían cambios en el modelo económico, ni en el modelo político, ni en las fuerzas armadas, lo que motiva es desconcierto, desconcierto por la obvia incongruencia que nosotros ni mencionamos.

 

En el mismo sentido comprenden y califican al presidente Santos como un gobierno de derecha. Nada más insólito visto desde afuera que pretender que representa la revolución o aún más el otorgarle el calificativo de ‘castrochavista’.

 

Y si las Farc son prácticamente desconocidas y no han oído hablar del premio Nobel a Juan Manuel Santos, sí identifican a Pablo Escobar (probablemente por la serie de películas y documentales sobre él) pero no solo con la droga sino con los grupos paramilitarismo y la peor época de cualquier país suramericano.

 

Porque para el mundo no existe la confrontación Uribe-Santos sino las alternativas del abanico que va de la izquierda a la derecha.

 

Y para cualquier analista ajeno a la polarización que internamente se presenta parece claro que sí hay una terrible crisis económica y no comprenden que el gobierno pretenda minimizar su dimensión;  cuando la industria disminuyó su participación del 25 % al 12 %, 8 de cada 10 dólares exportados son de materias primas y 8 de cada 10 de importaciones son de bienes manufacturados, y la deuda externa pasó en solo los últimos cuatro años de 78 000 a 119  000 millones de dólares (del 21 % al 42 % del PIB); y cuando como consecuencia se acompaña del poco deseable récord de ser el país más desigual y con más desempleo de la región, pensaría cualquiera que el debate prioritario sería alrededor de esto y no de quienes pueden ser los candidatos de Santos o de Uribe.

 

La dificultad misma para explicar o para que un ciudadano no latinoamericano entienda los debates alrededor de la Justicia Transicional es que se haya adelantado un documento que la vuelve obligatoria sin que existiera su texto; probablemente por eso les sorprende menos el que a estas horas casi la mitad de los colombianos pueda no reconocer lo positivo del desarme de una guerrilla.

 

Como tanto se repite, no hacemos sino mirarnos el ombligo, ver desde adentro y obsesivamente el tema del momento, perdiendo fácilmente una perspectiva más amplia, más referida a contextos de tiempo y de valores más válidos que lo que manejan los titulares de los medios.

 

Si no se llega al punto de considerar que Álvaro Uribe como presidente fue quien más promovió la violencia de Estado, sí se contempla la posibilidad de que terminemos en una especie de Pinochetazo en caso de ganar un candidato de izquierda.

 

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