
Al revisar el llamado “Libro de la Verdad”, de Abelardo y su Vice, el título promete mucho más de lo que el contenido realmente ofrece. Más que un informe técnico capaz de demostrar hechos de corrupción, parece un documento concebido para generar confusión, instalar titulares y convertir diferencias políticas e ideológicas en sospechas.
Uno de los aspectos más cuestionables es el uso flexible del concepto de corrupción.
Presentar como actos corruptos decisiones relacionadas con la regulación agraria, la protección de tierras para la producción de alimentos o el debate sobre la autonomía territorial desdibuja la diferencia entre una decisión política que ayuda a la gente, pero que Abelardo no le gusta, con un delito.
La corrupción requiere hechos concretos, conductas ilícitas y responsabilidades comprobables; no basta con discrepar de una política pública.
Van por las tierras incautadas a narcos y políticos amigos
El caso de las Áreas de Protección para la Producción de Alimentos resulta especialmente revelador. Si detrás de estas críticas existe realmente una discusión sobre el uso y la propiedad de la tierra, debería abordarse con argumentos jurídicos, técnicos y sociales, no mediante etiquetas que busquen convertir cualquier intervención estatal en una amenaza.
También llama la atención la presentación de las supuestas “82 denuncias”.
Si algunas corresponden simplemente a notas de prensa o reproducen información de informes de organismos de control, no deberían presentarse automáticamente como denuncias comprobadas.
La diferencia entre una noticia, un hallazgo administrativo, una investigación y una acusación formal es fundamental.
La falsa Arca de Noé
Se habló además de una especie de “arca de Noé”, de la supuesta participación de 1.300 expertos y del uso de inteligencia artificial. Sin embargo, semejante despliegue comunicativo no sustituye la evidencia.
Si el documento pretende ser serio, debe poder sostenerse por sus pruebas y metodología, no por el espectáculo que lo acompaña.
Abelardo: la politiquería y la corrupción como espectáculo
El verdadero debate debería ser otro: cómo combatir la corrupción real sin utilizar la bandera anticorrupción para satanizar reformas sociales o políticas públicas legítimas. Cuando el ruido reemplaza a la evidencia, la ciudadanía pierde y la política termina convertida en espectáculo.





