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La fuerza de rendirse – Por Elda Cantú

Más allá del esfuerzo individual, cuando el reloj se detiene y suena el último silbato, el medallero olímpico permite observar las tradicionales dinámicas del poder y la geopolítica.

Elda Cantú
Elda Cantú – New York Times Senior News Editor, Latin America

Cada cuatro años nos quedamos pegados a las Olimpiadas. Disfrutamos de la competencia porque en cada clavado, pirueta y gol, canasta o punto vemos una breve parábola sobre la disciplina, la perseverancia, el trabajo en equipo. Caemos rendidos ante el espectáculo del esfuerzo ajeno.

Esta vez, que los Juegos Olímpicos llegaron un año tarde, pareciera que estamos más necesitados de inspiración que nunca.

Quizá por eso esta semana toda nuestra atención se enfocó en Simone Biles.

Al retirarse de la competencia en equipo el martes, la gimnasta estrella de Estados Unidos, considerada una de las mejores de la historia, ha destrozado esa imagen sobrehumana que imponemos a los atletas de élite.

Pero cuando aclaró que su decisión se debía a motivos de salud mental, Biles nos hizo un regalo mayor que una medalla: nos dejó ver el gran poder de mostrar la vulnerabilidad y, además, puso la mesa para hablar con franqueza sobre la salud mental.

 “Tenemos una idea errónea de lo que significa ser fuerte”, dijo Lindsay Crouse escritora y productora de la sección de Opinión del new York Times  en un artículo. “No se trata de apretar los dientes y aguantar todo; se trata de tener el espacio para tomar la decisión correcta a pesar de la presión, el estrés y el agotamiento”.

Biles no es la primera atleta de élite en abordar el tema. Ya en 2016, el nadador Michael Phelps había abierto el camino al discutir su lucha con la depresión y los pensamientos suicidas. El año pasado, durante la pandemia, LeBron James y otros basquetbolistas de la NBA compartieron los desafíos emocionales que atravesaban.

Más recientemente, la tenista Naomi Osaka también habló sobre su batalla contra la ansiedad, a pesar de las críticas y la incomprensión que le acarreó.

Osaka, de ascendencia haitiana y japonesa, portó la antorcha y encendió el pebetero olímpico en la ceremonia de inauguración de los Juegos de Tokio, algo que fue visto como un símbolo de un Japón más diverso e incluyente.

Pero cuando fue rápidamente eliminada esta semana, su desempeño suscitó una serie de cuestionamientos no solo sobre el tema tabú de la salud mental, sino también sobre su identidad, algo que evidencia el racismo que aún existe en Japón.

El país anfitrión, que ha enfrentado el desafío de organizar un evento muy impopular entre sus habitantes en medio de la pandemia, intenta a toda costa mantener la ilusión de seguridad a pesar de que Tokio reportaba ayer más de 3800 nuevos casos del virus.

Como reflexionaba esta semana David Jiménez en su columna sobre Barcelona, sede de los exitosos Juegos de 1992, las Olimpiadas le dan al organizador la posibilidad de presentar su mejor versión y, al final del día, recibir los beneficios de abrirse al mundo.

Más allá del esfuerzo individual, cuando el reloj se detiene y suena el último silbato, el medallero olímpico permite observar las tradicionales dinámicas del poder y la geopolítica. Al escribir este boletín, por ejemplo, Estados Unidos acumulaba 38 medallas, China 31 y el Comité Olímpico Ruso 28.


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VíaElda Cantú - El Times
FuenteElda Cantú - El Times
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