Pacientes con poder

Pacientes con poder Por: Jaime Calderón HerreraPor: Jaime Calderón Herrera

 

El estetoscopio ha sobrevivido a la paulatina desaparición de la bata blanca, también a la menguada relación entre médico y paciente, obstaculizada por el computador.

 

El estetoscopio continúa como símbolo en las promociones comerciales de los médicos, de los aseguradores y de la industria farmacéutica.

 

Cada vez, su uso es más decorativo y simbólico que clínico, pues las nuevas generaciones de médicos parecieran alérgicas a la semiología, renuentes a descubrir los signos con sus sentidos y el pudoroso estetoscopio, inventado por un gigante de la medicina del siglo XIX, el francés René Théophile Hyacinthe Laennec, quien, mediante los ruidos auscultados, enseñó a reconocer las enfermedades del pulmón y del corazón.

 

El siglo XX y el actual han sido pródigos en nuevas tecnologías que nos muestran imágenes fantásticas del cuerpo, por medio de rayos X, resonancia magnética o ultrasonido.

 

Pero sin duda, la internet ha revolucionado para siempre al mundo y la medicina no se escapa a tal fenómeno.

 

¿Sabemos con precisión el qué, el cuándo, el dónde, el porqué y el cómo de millones de prescripciones de medicamentos y procedimientos que más de tres millones de doctores formulamos en decenas de miles de hospitales, a siete billones de habitantes del planeta?

 

Eric Topol, en su libro “The creative destruction of Medicine”, reflexiona sobre cómo la internet empodera al paciente contra la precaria información de los riesgos de los medicamentos y de los procedimientos, y contra los incentivos de la industria, de la ciencia, de los hospitales, de los médicos, para prescribir y prescribir a sus pacientes, hasta llegar a extremos como el de un enfermo al cual implantaron 67 “stents” en sus arterias del corazón, además de haber sido sometido a un “By pass” coronario.

 

Junto a la genómica y la fármaco-genómica, las nuevas tecnologías cambiarán la medicina para siempre.

 

En corto tiempo, tal vez, nadie tome un medicamento sin conocer previamente su genoma y saber con certeza si es más riesgoso tomarlo que no hacerlo.

 

La autonomía del médico debe ser subalterna a la autonomía del paciente y la información ya nunca más será privilegio de la medicina.

 

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