Paz o poder

Paz o poder - Por: Jaime Calderón HerreraPor: Jaime Calderón Herrera

 

Así como nadie puede programar que va a soñar, tampoco tenemos la capacidad para decidir las reflexiones, los pensamientos, que nuestra mente produce.

 

El cerebro es una máquina de producir pensamientos que no obedecen a nuestra voluntad, por mucho, podemos en algunos momentos proponerle a nuestra mente un tema, de allí ella, o nuestro yo que desconocemos, comienza a darnos análisis, argumentos, de manera tan maravillosa, que al final percibimos razones que las sentimos como definitivas, pero que no resisten el tiempo, pues si quisiéramos pensarlas mañana o dentro de unos meses, las pensaríamos de manera diferente, al menos en la forma.

 

No hay manera, por ejemplo, de escribir dos veces esta columna.

 

Al proponerme escribir sobre el poder, vino a mi mente la pregunta simplona que los tíos hacen a los sobrinos en sus primeros años: ¿qué quieres ser cuando seas grande? El párvulo (a) sorprendido responde de manera común: policía, bombero, presidente, futbolista, reina, mujer maravilla, doctora etc.

 

Al reflexionar qué hay detrás de respuestas tan comunes, veo que lo que quiere cualquier niño (a) es llegar a tener poder, es decir, control, dominio.

 

Obtener con sus modelos de identificación la capacidad para concretar algo. Concluyo entonces que nacemos con la ambición de poder, para lo cual nuestro cerebro está dotado con las emociones: ira, envidia, deseo, venganza.

 

En el corto periodo de nuestra existencia, la capacidad que tengamos de dominar tales emociones nos brindará los resultados en el juego de la vida, que no es cosa diferente al juego por algún poder.

 

El olvido selectivo de los sentimientos que corroen, más el aprendizaje de los errores del pasado y un cálculo razonable de los posibles obstáculos del futuro son recomendaciones que acuden a mí como recuerdo de múltiples y variadas lecturas.

 

Que sean acertadas o no, es difícil saberlo, en lo que sí creo es que hay que desconfiar de quienes buscan con afán el poder, pero hay que desconfiar aún más de los que dicen no buscarlo, anhelándolo íntimamente.

 

Green piensa que la búsqueda del poder, que requiere el control de otras personas, tiene un precio demasiado alto: la paz espiritual y el tiempo de quien lo persigue.

 

 

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