Me voy con Petro

Me voy con Petro - Por: Sergio Ocampo Madrid.Por: Sergio Ocampo Madrid.

 

Voy a votar por Petro. Luego de varios días en esa “encrucijada del alma” entre votar en blanco y hacerlo por Petro, ya estoy seguro de que es infinitamente más responsable lo segundo que lo primero. Y por varias cosas:

 

La primera es que veo mucho más riesgo de “venezolanización” de Colombia por Uribe que, por Petro, en el sentido de un estado de opinión por encima del estado de derecho; de cierre anunciado de noticieros de televisión; de reformas a los altos tribunales de la justicia para supeditarlos al ejecutivo; de dependencia económica de un solo commodity; del resurgimiento de Radio Casa de Nariño, ahora más que nunca vuelto un Telesur

 

La segunda es que va a ser mucho más fácil de controlar a Petro como presidente que a Duque, en el sentido del juego de contrapoderes, de diques de contención, de fuerzas de presión.

 

Luego de esa pusilánime aterrizada de los liberales, sumada ya la de los conservadores, asegurada la de Cambio Radical y la U, Iván Duque llega con una mayoría absoluta en el Congreso (como llegó Chávez en 1999).

 

Además, con un respaldo anticipado del Ejército, de los cacaos de la economía y hasta de la comunidad internacional, pues hoy América Latina, gobernada por la derecha, ve con terror cualquier experimento (real o ficticio) que nos acerque al socialismo del siglo XXI. Y ni hablar de mister Trump.

 

La tercera es que, comparados los dos grupos políticos, no encuentro un solo indeseable en el lado petrista; quizás algunos exponentes de la “social-bacanería”, pero sin peligrosidad; del otro lado, en cambio, está la ira divina de Ordóñez, la truculencia de José Obdulio, la insensatez violenta de Cabal, las Palomas de la guerra, la estrechez de Vivianne (y de todos los anteriores) para entender la diversidad, el torcimiento ilustrado de Fernando Londoño, la intelectualidad hipotecada de Plinio, la furia criminal de “Popeye”, y un etcétera largo, largo… Y Álvaro Uribe, el patrón, el amo, resumiendo todo lo anterior en “Él”.

 

Y aclaro: no es el carácter conservador lo que más me espanta. El conservatismo, el conservadurismo incluso, debe tener un espacio y una asignación en cualquier sociedad, así uno no lo comparta.

 

Hay derechas muy respetables porque tienen una base moral y una convicción filosófica. La de aquí, a cambio de eso, demuestra una inclinación hacia lo torcido, lo corrupto, lo mentiroso, lo venal.

 

La cuarta es la paz, tan maltrecha, tan malherida, que va a terminar con Duque en una cacería de muchachos en la selva, forajidos luego de concentrarse de buena fe porque así lo decidieron sus jefes, y aterrorizados hoy por haber creído, por haber confiado en un país miserable donde siempre fueron un remanente, unos invisibles en la periferia que solo se podían nombrar o reconocer cuando adquirieron el carácter peligroso (y brutal) de una guerrilla.

 

Le he apostado al asunto de la paz los últimos seis años, y con Petro hay más opción de que esto se resuelva de un modo menos horrible.

 

La quinta tiene que ver con una contradicción social y política que no entiendo en la Colombia de hoy.

 

Es cierto que hay un uribismo numeroso, por doctrina, por acomodación, por oportunismo. Sin embargo, la primera vuelta presidencial demostró que la fuerza más grande de este país es el antiuribismo: sumados los votos de Fajardo, de Petro y de De la Calle, se consigue un 52 por ciento, frente al 39 de Duque.

 

El respaldo a Uribe no constituye la mitad del país, como pregonan ellos. El problema es que ese antiuribismo enorme está resquebrajado para la segunda vuelta, por el terror que produce Gustavo Petro y por esa convicción pequeñoburguesa de que es preferible convivir con una inmoralidad que no afecte la economía (la grande y la doméstica) a arriesgarse con una aventura que en el pasado se abrazó con Chávez y que lo defendió hasta hace poco.

 

Eso no se puede negar. Tengo amigos y conocidos que están muertos de pavor de ser expropiados a pesar de que en la práctica no tienen nada expropiable.

 

Entonces, es casi seguro que Duque termine ganando de un modo aplastante el 17 de junio. Y me voy con Petro para que esa cifra sea la menos grande posible; para que Iván Duque, y por ende Uribe, no lleguen con el cheque en blanco de una votación enorme y un supuesto mandato popular contundente, para acabar del todo con la paz, para cambiar el poder judicial y cerrar los procesos que marchan en su contra, incluidos los del propio expresidente, y repatriar a los “buenos muchachos” prófugos; para retroceder los avances en asuntos de tipo moral y de garantías civiles que se consiguieron en estos ocho años.

 

La última razón es que no quiero ser cómplice, con mi voto en blanco, de esta vergonzosa impunidad que se viene por un expresidente a quien se le demostró que su segunda elección se hizo a través de un delito, a quien le metieron a la cárcel a nueve miembros de su círculo cercano; que no tuvo reparos morales para atacar a la prensa con bajezas como las cometidas contra Daniel Samper o Daniel Coronell, que nunca rectificó de verdad, ni siquiera por orden judicial, por sus evidentes mentiras… no puedo ser cómplice de este absurdo mayúsculo de la historia de que en lugar de justicia, ese expresidente salió premiado y volvió al poder en cuerpo ajeno, con un candidato inventado a la carrera, sin más credenciales que haber sido ungido por “Él”.

 

Voto por Petro, aunque no adhiera al petrismo, porque su megalomanía y su autocracia, en últimas, me parecen menos peligrosas que las del expresidente.

 

 

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