Guerra sucia

Guerra sucia

Editorial

Editorial El Medio Magdalena

 

Se repite en el país una serie de hechos que hacen recordar varios capítulos de la historia nacional donde la violencia, física y psicológica, de procedencia desconocida, pero con claros objetivos políticos termina por imponerse y dejar un rastro de desolación y desesperanza en la gente.

 

Cada cierto tiempo es posible observar como líderes sociales, comunitarios y políticos se ven amenazados, perseguidos y hasta exterminados por oscuros intereses que buscan debilitar las organizaciones políticas y sociales del país, en donde el Estado ha mostrado reiterativamente su incapacidad para no solo proteger sino también vencer la impunidad ante las permanentes violaciones a los derechos humanos de un amplio y variado número de ciudadanos, referentes de comunidades y que termina siendo un lamentable ejemplo de la debilidad del Estado y de la indefensión de la población.

 

En la década de los ochenta y noventa del siglo pasado mostraron como candidatos presidenciales, líderes políticos, miembros y simpatizantes de partidos políticos, líderes sociales y comunitarios fueron amenazados, desplazados y asesinados, lo que llevo no solo al exterminio de un partido político, el debilitamiento de organizaciones sociales, el recrudecimiento del conflicto armado y la degradación de la violencia, toda ante la incapacidad de las instituciones para proteger a la sociedad de enemigos que agazapados y camuflados ejercieron la violencia y se aprovecharon de la misma sin importar las consecuencias sobre la nación.

 

En la actualidad pareciera que se reviven esos tiempos y esos hechos, a lo largo y ancho del territorio nacional se ve como las comunidades se ven amenazadas cuando sus líderes son intimidados física y psicológicamente, y donde lamentablemente no se visibiliza ni las circunstancias de los hechos ni los responsables, materiales e intelectuales, de semejante estado de cosas.

 

La situación se agudiza en el país, líderes sociales, desmovilizados, políticos, entre otros, son intimidados, desplazados o asesinados, con el silencio cómplice del Estado y bajo la pasividad de la sociedad, que a pesar de lo que sucede día a día no es capaz de reaccionar para proteger a sus integrantes y para exigir a las instituciones acciones y resultados para evitar lo que está sucediendo.

 

Lo más lamentable es que como nación no se ha aprendido de las lecciones del pasado, y esta violencia selectiva y constante se repite una y otra vez sin que se pueda remediar estos hechos.

 

Es indispensable poner un freno a esta situación, no es posible que se siga atentando contra líderes comunitarios y políticos por medios de comunicación, redes sociales, organizaciones políticas, grupos armados sin que se ponga un freno no solo desde el gobierno sino también desde la comunidad misma.

 

Es la gente la que debe defender sus liderazgos y exigirles a las entidades públicas resultados tanto para investigar causas y judicializar responsables, como para proteger efectivamente a los afectados.

 

La comunidad debe rechazar no solo la violencia física, sino también esas agresiones que se hacen por redes sociales, medios de comunicación y en las calles, que parecen inofensivas pero que tienen grandes efectos en la convivencia y van desensibilizando a la gente, abriéndole camino a ataques más concretos al trivializar golpes que no afectan físicamente, pero si social y mentalmente a muchas personas, resultando en justificaciones o burdas explicaciones a posteriores hechos materiales.

 

Es por esto que como sociedad se debe rechazar de forma unánime toda forma de violencia o de agresión contra líderes o cualquier miembro de la comunidad, pues si se justifican las ofensas, los insultos o los ataques verbales después serán justificados los atentados y las muertes.

 

La coyuntura del proceso de paz con las FARC y el ELN es una oportunidad para hacer un quiebre en la forma como la nación viene enfrentando la violencia en todas sus manifestaciones, y si es más que claro que las instituciones estatales son incapaces de afrontar lo que sucede es necesario la acción ciudadana para resolver lo que está pasando.

 

Es momento que la comunidad rechace las embestidas de algunos que quieren amedrentar a los líderes políticos y sociales a punta de acusaciones, señalamientos y suposiciones, solo con el propósito de obtener dividendos electorales o económicos y sin importarle los efectos sobre las comunidades, que se ven sometidas a la incertidumbre producto de esa situación.

 

En estos tiempos de reconciliación y paz se hace indispensable superar esa clase de accionar, ignorando esas voces que nada aportan a la construcción del desarrollo y que terminan por dañar a las comunidades, debilitando sus liderazgos y su capacidad de actuar, para que realmente se construya un escenario para la construcción de un país que está superando el conflicto armado y está buscando un cambio que destierre la violencia de la vida diaria de la gente.

 

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