El Portón 16, donde el último cierra

El Portón 16, donde el último cierraPor: Edgar Daniel Rodao

 

Si hay algo que ha marcado a nuestra querida tierra —además de su aporte petrolero al desarrollo de la nación— ha sido su extraordinaria vocación por la rumba, la bohemia y el frenesí de sus fiestas.  No en vano nuestro nobel de literatura, Gabriel García Márquez   —cuando algunas veces se refería a Barrancabermeja, ciudad que de joven visitaba en su trayecto por el río Magdalena, de la costa hacia Zipaquirá, municipio donde cursó su bachillerato—   solo rememoraba de nuestro terruño la inmensa cantidad de bares y prostíbulos que proliferaban por todas las calles del entonces polvoriento caserío.

 

Fue tal nuestra fama de ‘ciudad gozona’ que nos alcanzaron a calificar, despectivamente, como el ‘pueblo de las tres p’ (putas, plata y petróleo), una valoración terriblemente injusta, porque a lo largo de nuestros casi 100 años de existencia hemos sido un símbolo representativo de las luchas populares y además una insignia del trabajo traducido en la producción de muchos bienes y servicios que, desde la industria del petróleo, han contribuido a la transformación social del país.

 

Aun así —hay que reconocerlo— somos ‘fiesteros’ en el sentido estricto de la palabra, tanto que a nivel nacional Barrancabermeja ha ocupado el primer lugar como consumidora ‘per cápita’ de cerveza, es decir, como dice mi amigo el periodista, Rosberg Perilla:    “somos un pueblo de auténticos mamadores de ron”.

 

Desde los legendarios tiempos de la Cueva de Rolando a comienzos del siglo pasado, (un bar del que hablaban nuestros antepasados y al que le atribuyeron historias plagadas de tenebrosas fantasías), hasta nuestros días, en pleno año 2017, con ‘El Higuerón’, ‘La Ventana Marroncita’ o ‘La Casa Alemana’ en el parque Uribe, los sitios que —según me dicen— son los que están de moda actualmente, Barrancabermeja ha demostrado ser una ‘ciudad de ambiente’.

 

A comienzos de los años 60 fue célebre en Barrancabermeja el Bar Hawái, donde la entonces orquesta del maestro Pedro Salcedo interpretó por primera vez ‘La Pollera Colorá’, el tema musical colombiano más conocido a nivel universal y que compusieron Juan Bautista Madera y el cantante Wilson Choperena aquí mismo en el propio territorio de nuestra entrañable ciudad.

 

También fue muy famoso el Bar Costeña que quedaba al frente (por un costado) del actual edificio de la Policía en el sector del muelle.

 

Muchos bares y cantinas que inicialmente se concentraron en la zona central de la ciudad, posteriormente a lo largo de toda la Avenida del Ferrocarril y finalmente, en 1977, fueron trasladados a lo que llamaron la ‘zona de tolerancia’ en el barrio El Campestre en tiempos del ex alcalde militar, Álvaro Bonilla López, a  quien  la  historia le  ha  de  reconocer fue quien decidió erradicar de la zona central de Barrancabermeja los negocios dedicados al lenocinio.

 

A partir de los años 70 comenzaron a surgir tabernas y discotecas, pero alejados del gancho de la prostitución, negocios que gozaron de mucha popularidad como la Discoteca La Luna en el barrio Palmira, las Cavernas (al frente del comisariato de Ecopetrol), la Bossa-nova (por la Avenida del Ferrocarril)  la Mocedades (por el Parque a la Vida), la Ronda Tres (de los hermanos Durán) y muchas otras cuyos nombres se me escapan, pero que formaron parte de nuestra vida nocturna.

 

Sin embargo, fue a finales de los años 70 cuando llegó a Barrancabermeja un hombre de negocios, (dicen que de la isla Margarita en Venezuela), quien quizás atraído por la fama que tenía nuestra ciudad, por su intensa actividad derivada de la industria del petróleo, decidió, inicialmente, invertir su capital en un esferódromo (casino de juegos), empresa que no llenó sus expectativas comerciales, por lo que decidió cambiar de actividad y fundar la que con el correr de los años sería la más popular taberna de los años 80 en Barrancabermeja, su nombre El Portón 16 «donde el último cierra».   Me refiero a Germán Sandoval Marín, más conocido entre sus amigos como ‘El Viejo Germán’, un veterano hombre de negocios que según él mismo decía, «había recorrido medio mundo antes de arribar a Barrancabermeja».

 

Por cosas de la vida —esa vida bella que tanto queremos—  me correspondió trabajar por una época como locutor y animador de los grupos musicales que se presentaban en ese negocio. Fue, sin duda, una experiencia muy pesada por el trajín del trasnocho, pero llena de gratos y nostálgicos recuerdos.

 

El Portón 16  quedaba en todo el frente del Parque Infantil (Calle 49 entre carreras 16 y 17), en un local pequeño pero confortable, cuya fachada tenía el aparente porte de una casa de estilo inglés y el interior de sus paredes solo azotadas con cemento, arena y cal (sin ser revocadas con el palustre), lo que la hacía aparecer como una típica casa de antigüedades.

 

Sin embargo Germán le imprimió al negocio unas características que lo convirtieron en un ícono de la rumba en la Barranca de los años 80.

 

Lo primero que hizo fue instalar un poderoso aire acondicionado integral que aclimataba las instalaciones del local, mitigando el fuerte calor típico de nuestra ciudad.

 

Además, tenía instaladas las columnas de sonido, estratégicamente, solo en las cuatro esquinas de la pista de baile, lo que permitía que los clientes dialogaran con total tranquilidad mientras departían en las mesas y a la vez disfrutaran de la calidad del sonido únicamente cuando se disponían a bailar en la pista, es decir, no cometía el error de muchos negocios donde, por cuenta del estruendoso ruido que producen los altos decibeles de sus bocinas, los clientes gritan a todo pulmón, aún sentados en la misma mesa.

 

«Es horrible que un novio tenga que gritarle a su novia estando a su lado», decía Germán defendiendo la estructura del sonido de su negocio.

 

Otra de las estrategias hábilmente usadas por Germán para atraer clientes era la de mantener en el congelador unos jarrones en los que las cervezas se servían bien heladas,   además, cada cinco minutos, brindaba las apetitosas ‘palomitas de maíz’  —bien subidas de sal—  generando una inmensa sed en los clientes y una tremenda ansiedad por tomar más cerveza fría, por supuesto servidas en sus jarrones congelados.

 

Con la selección de la música Germán tenía una estrategia bastante extraña, por ejemplo, no aceptaba jamás dejar oír un tema vallenato en su negocio, pese a que la música vallenata siempre ha sido la más popular.  Cuando le pregunté por qué esa discriminación, me respondió, en un tono de voz que denotaba una profunda convicción en lo que pensaba:  «Al que le guste el vallenato que lo oiga en otra parte … yo en el Portón le garantizo a quienes no gustan del vallenato que jamás oirán uno solo … y eso también vale».

 

Aun así, Germán ofrecía algunas concesiones a sus clientes, como permitirles extender su permanencia en el negocio hasta el amanecer, bajando el volumen de su equipo de sonido y dialogando con ellos  bajo una premisa que finalmente se convirtió en eslogan: “El Portón 16, donde el último cierra».

 

Recuerdo que en esa época terminaban ‘cerrando la puerta’ con Germán, hoy reconocidos personajes de la vida pública local  y  viejos  amigos  como    Carmelo Castilla,  Carlos Guarnizo,  Álvaro Rueda,   Pedro Flórez,    Nilson Ochoa,    Néstor Manrique,    Álvaro Chinchilla,    Ramiro Olivella,    Salomón Acevedo,   Edgardo Vides,    Armando Martínez (q.e.p.d.),    el popular Rubencho  (cuando no era político sino gerente de una distribuidora de combustibles)    y el ex alcalde de Bogotá, Lucho Garzón, en tiempos en que era líder sindical de la USO.

 

La presencia de mujeres en el Portón 16 superaba  —de lejos—  a la de los hombres, Germán tenía claro que para que el negocio fuera exitoso «por cada hombre debían haber 3 mujeres», por eso se inventó ‘Los Lunes de Soltera’ un día en el que hacía descuentos del 50% y las mujeres no pagaban un peso.

 

Sin embargo, por lo que siempre lo recordarán muchos de sus amigos fue por la oportunidad que le brindó a muchos artistas a los que les permitió foguearse en el arte de la música, llegando —El Portón 16— a convertirse en toda una escuela de adiestramiento y práctica de cantantes y músicos.

 

La gran mayoría de los músicos barranqueños del siglo pasado pasaron, tan siquiera una temporada, ‘taberneando’ en el Portón 16.

 

Las cosas hay que reconocerlas, aún en las épocas más tenebrosas de la violencia en nuestra ciudad,  Germán Sandoval jamás les cerró las puertas a los músicos a quienes siempre les brindó oportunidades de trabajo en su negocio, repito, pese a las adversidades.

 

Desde veteranos cantantes profesionales como Óscar y Orlando Quesada,    Janeth Campillo,   Carmelo Méndez,    Rafael Pérez    y  la inolvidable Rochy Álvarez,   hasta excelentes guitarristas  como  Fabio Márquez,  o  congueros  de la experiencia de Lucho Pacheco,    Álvaro Polanco,    René Salas    y    Jairo Atencia,    pianistas como Raúl Villa,   el maestro Arnulfo López,  bajistas  como  Adolfo Álvarez,  percusionistas como Roberto Núñez   y músicos como los hermanos Pedro y Toño Flórez …  todos  ellos  pasaron  por  el  inolvidable Portón 16.

 

Para tener una idea del aporte que generó el Portón 16 en la formación de buenos músicos, no es sino recordar que fue allí donde nació la famosa Orquesta Terranova de los años 90, cuyos músicos en su gran mayoría hicieron ‘el curso’ en esa taberna.

 

Pero como todo lo que sube baja, los negocios en Barranca dedicados a la fiesta y al esparcimiento tienen su ‘época dorada’, es decir tienen sus picos más altos de popularidad por una temporada y después caen y  lamentablemente no vuelven hacer los mismos.

 

Muchos años después, por  allá  en  una  inolvidable noche del año 1991, un joven con una radiante proyección política, cliente del Portón 16,  llegó hasta donde Germán  a decirle que tenía proyectado lanzarse a la Alcaldía de Barrancabermeja pero que mucha gente le decía que hacerlo «era una locura».

 

Germán, que lo conocía y sabía del ‘encanto de su carisma’, no dudó en apoyarlo en la aventura.  Se trataba de Elkin Bueno Altahona, quien posteriormente llegaría a ocupar, por primera vez, el cargo de Alcalde Municipal.

 

La última vez que me vi con Germִán, me pareció leerle en sus ojos que no le había ido bien en la política.   No le quise preguntar por el tema y nos dedicamos a recordar los viejos tiempos de su negocio.

 

A partir de ese momento Germán se fue —poco a poco— desvinculando de la taberna, correspondiéndole a él mismo ser el protagonista de su propia publicidad… cerrando ‘para siempre’ la puerta de su Portón 16.

 

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EDGAR DANIEL RODAO es un habitual columnista de BARRANCABERMEJA VIRTUAL.  Puede ser contactado en el correo electrónico:  edgardanielrodao@hotmail.com 

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